Libertad y música

NUEVA YORK – Corea del Norte, conocida oficialmente como República Democrática Popular de Corea, es una de las dictaduras más opresivas, cerradas y brutales del mundo. Tal vez sea el último ejemplo vivo de totalitarismo puro: control por el Estado de todos los aspectos de la vida humana. ¿Es semejante país el lugar idóneo para que actúe una orquesta occidental? ¿Puede alguien imaginar la Filarmónica de Nueva York, que actuó con gran aclamación en Pyongyang, haciéndolo para Stalin o Hitler?

Todos los sistemas totalitarios tienen una cosa en común: al aplastar todas las formas de expresión política, excepto la adulación del régimen, confieren carácter político a todas las cosas. En Corea del Norte no existen deportes ni cultura apolíticos. Así, pues, no cabe la menor duda de que la invitación a la Filarmónica de Nueva York iba encaminada a dar lustre a un régimen, dirigido por el Amado Dirigente, Kim Jong-Il, cuya reputación es tan mala –incluso en su vecina China–, que necesita todo el lustre que pueda conseguir.

Las entrevistas con algunos de los músicos revelaron que eran conscientes de ello. Según una violinista citada, “muchos de nosotros no nos creemos ese cuento del partido de que la música transciende la política”. Estaba “segura de que [sería] utilizada por Pyongyang y por nuestro gobierno para obtener tantos políticos”. El director, Lorin Maazel, quien eligió un programa de Wagner, Dvorak, Gershwin y Berstein, se mostró menos escéptico. Según dijo, el concierto cobraría “un impulso propio” y tendría un efecto positivo en la sociedad norcoreana.

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