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Volvamos a defender al mundo libre

LONDRES – Hace tiempo que no se oye la expresión «el mundo libre» y, ciertamente, no salió de los labios del presidente de Estados Unidos —a quien se suele llamar «líder del mundo libre»— mientras Donald Trump ocupó el cargo. Pero mientras yo crecía, durante las décadas de 1950 y 1960, esos términos eran habituales en las discusiones de política internacional y, a pesar de haber caído en desuso, no dejan de ser relevantes en la actualidad.

A fines de la Segunda Guerra Mundial las democracias europeas, junto con la estadounidense, entre otras, reconocieron que enfrentaban la amenaza militar y política de su antiguo aliado, la Unión Soviética de Stalin. Adoptaron el nombre de «Occidente», una palabra que usó el diplomático estadounidense George F. Kennan en su famoso «telegrama largo», que envió en 1946 desde Moscú y en el cual resumió la amenaza fundamental para nuestra libertad y forma de vida que planteaba un sistema cuya visión de la realidad era incompatible con el de las sociedades capitalistas abiertas.

«El mundo libre» fue un término usado en exceso, a veces incluyó a países que distaban muchísimo de ser libres —como algunos cercanos al Mediterráneo, regidos por generales que no habían sido electos por el pueblo— y, de tanto en tanto, su función era propagandística: ¿quién podía oponerse a la libertad? El concepto fue útil para definir la cooperación entre países que, en líneas generales, eran democracias liberales con economías sociales de mercado.

Esos países tuvieron gobiernos que sus ciudadanos podían reemplazar mediante elecciones pacíficas y justas; las mayorías políticas estaban limitadas por el respeto a las opiniones de las minorías; y esas sociedades contaban con una división constitucional de poderes, regía en ellas el estado del derecho y permitían —de hecho, fomentaban— la libertad de prensa y el derecho a peticionar a las autoridades, la libertad de culto y la diversidad de opiniones. Además formaron alianzas que no estaban sometidas a vecinos poderosos e intimidantes.

Por supuesto, estas democracias no eran perfectas. Cometieron errores y a veces distaron de respetar sus propias normas y valores (aunque habitualmente eran conscientes de ello). Pero, de acuerdo con su concepción del gobierno, la ley estaba al servicio del pueblo y no al revés. Los ciudadanos no temían que les golpearon la puerta en medio de la noche y la prosperidad aumentó y se difundió, aun cuando no llegara a tantos como podríamos desear.

El líder reconocido de esta alianza de países que compartían los mismos principios era el presidente estadounidense. EE. UU. había desempeñado un papel fundamental en la victoria sobre el fascismo, el nazismo y el nacionalismo brutal, y a partir de entonces se abocó a crear un orden internacional basado en normas por las que todos se rigieran y en el que todos pudieran prosperar en paz. Cuando cayó el muro de Berlín en 1989, el consenso dominante en las democracias liberales fue que el colapso del comunismo soviético implicaba un triunfo, el del mundo libre.

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Actualmente, sin embargo, las democracias liberales vuelven enfrentar enormes desafíos para defender sus valores y reconstruir un orden global que Rusia y China (con su creciente economía) puedan aceptar de buena fe y en el cual basar sus relaciones con los demás. ¿Cómo podemos defender el mundo libre en la actualidad quienes vivimos en sociedades abiertas y queremos que tanto ellos como sus valores sobrevivan?

Podemos comenzar recordando algunos de los mensajes del telegrama de Kennan a sus superiores políticos en Washington: EE. UU. debe «formular y ofrecer a otras naciones una visión mucho más positiva y constructiva el tipo de mundo que deseamos», sostuvo Kennan. «Debemos tener coraje y confianza para aferrarnos a nuestros métodos y concepciones de la sociedad humana».

Este es actualmente uno de los muchos desafíos que enfrenta el gobierno del presidente estadounidense Joe Biden. Trump fue un mercantilista nacionalista agresivo, que no creía ni en los aliados ni en los derechos humanos universales. Aunque destacó correctamente algunos de los peores comportamientos de China, desdeñó a los aliados tradicionales de EE. UU., ignoró en gran medida el salvajismo ruso y fue incapaz de postular una visión de la libertad y la democracia que movilizara el apoyo de la opinión internacional.

Para Biden, la agenda internacional comienza por casa: derrotar a la pandemia del coronavirus, rescatar a la economía estadounidense, sanar las divisiones raciales y restaurar la esencia, la dignidad y responsabilidad en el debate público estadounidense. Ya ha dicho al mundo que está preparado para trabajar con China, e incluso Rusia, en la búsqueda de soluciones a problemas globales como el cambio climático, pero sin que EE. UU. asuma una postura suplicante. Podría decirse que China, por ejemplo, enfrenta un desafío mayor por el calentamiento global que cualquier otro país.

El gobierno de Biden puede cooperar con otros países desarrollados en una alianza del mundo libre para ofrecer vacunas contra la COVID-19 a los menos favorecidos y ayudarlos con asistencia para el desarrollo sostenible, en vez de endilgarles deudas gigantescas para financiar proyectos cuestionables, como hace China. Esos países debieran dejar en claro que, tanto a nivel local como internacional, desean solucionar las desigualdades económicas y aplicar normas mundiales al comercio y los derechos humanos que sean justas para todos.

Además, las democracias liberales deben ofrecer protección económica y para la seguridad a quienes son amenazados e intimidados por China o Rusia. La libertad debe ser percibida como algo que se puede aplicar en todo el mundo, debemos evitar que los países que se vean forzados a actuar de manera claramente perjudicial para sus propios intereses.

La mejor forma de defender la democracia liberal es implementarla en casa y en el extranjero con «el coraje y la confianza en nosotros mismos» que propugnó Kennan en los albores de la Guerra Fría. Esta es, además, la mejor forma de garantizar la supervivencia de nuestra propia idea de la libertad humana que, decididamente, sobrevivirá.

Traducción al español por Ant-Translation

https://prosyn.org/3Q6S88Hes