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Que los serbios juzguen a Milosevic

Muchas cosas, la mayoría de ellas sorprendentes, han estado sucediendo recientemente en Yugoslavia. Después de cierta dilación y de un fallido primer intento, Milosevic ha sido arrestado, sin derramamiento de sangre, aunque no sin peligro. La votación pacífica que se llevó a cabo en Montenegro el fin de semana pasado puede presagiar conflictos y decisiones difíciles acerca de la independencia, pero hay altas probabilidades de que las partes arreglen esos asuntos dialogando y no luchando. Estos son grandes avances y demuestran que, a pesar del lavado de cerebro y de la complicidad de muchos serbios en los crímenes del régimen de Milosevic, existe la oportunidad de que la democracia y la sociedad abierta echen raíces en lo que queda de Yugoslavia.

Una decisión clave a la que se enfrentan Serbia, y sus nuevas autoridades, es si Milosevic debe ser extraditado a La Haya. Parece haber casi un consenso universal en el sentido de que sí se le debe extraditar y se le está aplicando presión internacional al Presidente Kostunica para que lo haga. No obstante, la decisión puede tener ramificaciones de vida o muerte para el futuro de Serbia. Muchos de quienes están convencidos de que Milosevic es un criminal de guerra ahora creen que debemos prestar atención a las voces que vienen de Belgrado y a su exigencia de que Milosevic debe enfrentarse a la justicia ante su propio pueblo.

La responsabilidad moral última por lo que hizo Milosevic recae en el pueblo serbio. Ellos lo llevaron al poder, aunque no de una manera que cumpliera precisamente con las normas democráticas; ellos lo apoyaron, aun cuando los condujo a cometer crímenes genocidas y los llevó a una derrota tras otra. Por último, ellos lo derrocaron, y el nuevo liderazgo democrático de Belgrado lo ha arrestado, con no poco riesgo a su propia posición. Ese arresto bien pudo haber terminado en un baño de sangre que habría podido desestabilizado a un gobierno democrático aún inseguro.

Se le debe permitir al nuevo liderazgo de Yugoslavia que se ocupe de Milosevic de una manera que promueva la democracia en el país. Sus crímenes deben ser juzgados por su propio pueblo, no por un tribunal internacional. De esta forma el juicio tendrá más legitimidad y credibilidad, sobre todo entre los muchos serbios a los que todavía hay que ilustrar a fin de que se den cuenta de la verdadera magnitud de los crímenes de Milosevic. Más importante aún, al tener que ocuparse de Milosevic, los serbios, muchos de los cuales apoyaron su régimen, se verán obligados a enfrentarse a su propia conducta y a sus conciencias. Sólo mediante este proceso podrá Serbia reincorporarse a las filas de las naciones europeas libres y saludables.