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Autocomplacencia en un mundo sin dirigentes

DAVOS – La reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos ha perdido parte de su atractivo de antes de la crisis. Al fin y al cabo, antes del colapso de  2008, los capitanes de las finanzas y la industria podían pregonar las virtudes de la mundialización, la tecnología y la liberalización financiera, que al parecer anunciaba una nueva era de crecimiento incesante. Todo el mundo compartiría los beneficios, siempre y cuando hiciera “lo correcto”.

Todo eso es cosa del pasado, pero Davos sigue siendo un buen sitio para tener una idea del zeitgeist mundial.

Huelga decir que los países en desarrollo y con mercados en ascenso ya no miran a los países avanzados como en tiempos, pero una observación de un ejecutivo de una compañía minera de un país en desarrollo captó el espíritu del cambio. En respuesta a la desesperación sincera de un experto en desarrollo por que tratados comerciales injustos y promesas incumplidas de ayuda hayan costado a los países desarrollados su autoridad moral, replicó: “Occidente nunca tuvo autoridad moral alguna”. El colonialismo, la esclavitud, la fragmentación de África en pequeños países y una larga historia de explotación de los recursos pueden ser asuntos del pasado lejano para sus perpetradores, pero no para quienes sufrieron sus consecuencias.

Si hay un asunto que interesó más que ningún otro a los dirigentes reunidos fue la desigualdad económica. El cambio en el debate desde hace tan sólo un año parece espectacular: ya nadie menciona siquiera el concepto de economía de goteo y pocos están dispuestos a sostener que hay una estrecha congruencia entre las contribuciones sociales y los beneficios privados.