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El momento de la decisión para el Líbano

El Líbano se encuentra en una encrucijada histórica. Puede optar por guiar a Oriente Medio hacia una democracia sana y multiconfesional o volver a caer en la corrupta política local bajo tutela extranjera. Esta última senda podría propiciar fácilmente luchas intestinas y tal vez otra guerra civil.

En este preciso momento, los dirigentes políticos del Líbano se están reuniendo por primera vez en la historia moderna del país sin la interferencia de Siria, Francia o los Estados Unidos. Todos –desde Saad Hariri, hijo de nuestro asesinado Primer Ministro Rafik Hariri, hasta el dirigente de Hezbolá, Hassan Nasrallah– están presentes para examinar abiertamente las cuestiones que dividen el país, como también los dirigentes de las comunidades chií, suní, ortodoxa griega, cristiana maronita y drusa.

Ese diálogo nacional, celebrado con medidas de seguridad que han cerrado prácticamente el centro de Beirut, comenzó el 2 de marzo y se espera que dure un máximo de diez días, pero falta un protagonista: Emile Lahoud, que reivindica su derecho a la presidencia en virtud del poder sirio. La ausencia de Lahoud no es de extrañar, pues el debate versa sobre el destino de su presidencia ilegal y sobre cómo acabar con el punto muerto que su continuidad en el cargo ha impuesto al país.

De hecho, así como la silla de Lahoud en las conversaciones está vacía, así también lo está –para el mundo y conforme a la constitución del país, que tiene 150 años de antigüedad– la presidencia del Líbano. Ha estado vacante desde septiembre de 2004 cuando Lahoud, respaldado por Siria, obligó a adoptar una prórroga de su mandato de seis años al Parlamento libanés, encargado de elegir al Presidente.