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El déficit educacional de América Latina

La decisión de China de poner fin a su política de atar el yuan al dólar, que había mantenido por una década, ha sido saludada en América Latina con entusiasmo y optimismo. En todo el continente se argumenta que un tipo de cambio más flexible para el yuan reducirá la injusta ventaja de China en los mercados internacionales. Esto, se nos dice, hará que las exportaciones latinoamericanas de bienes manufacturados sean más competitivas en el ámbito internacional.

Este optimismo está fuera de lugar. A pesar de las reformas anunciadas, es poco probable que haya alguna flexibilidad significativa del tipo de cambio en la moneda china. De hecho, los gobernantes de China ya han manifestado que el nuevo sistema de tipo de cambio se orientará a mantener la estabilidad de la moneda. Su política está diseñada a semejanza de la de Singapur, que ha evitado grandes fluctuaciones cambiarias y ha mantenido durante los últimos tres años un tipo de cambio bastante más competitivo que la totalidad de los países de América Latina.

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Esto significa que, para competir con éxito con China, los países latinoamericanos necesitarán aumentar su productividad. Lamentablemente, el continente no se encuentra bien posicionado para estos desafíos.

El principal problema es la calidad extremadamente baja de los sistemas educacionales de la región. Según varios estudios internacionales realizados en años recientes, los países latinoamericanos ocupan los últimos lugares, particularmente en matemáticas y ciencias.

Por ejemplo, las pruebas administradas por la OCDE en 2003 determinaron que los estudiantes brasileños quedaron en el último lugar en matemática entre 40 países. En las mismas pruebas, México ocupó el lugar 37, mientras que Uruguay, el país latinoamericano que logró la mejor calificación, quedó en el puesto 35.

Los estudiantes latinoamericanos se desempeñaron particularmente mal en la parte de "solución de problemas" de estas pruebas. Esto refleja la naturaleza anticuada de los sistemas educacionales de la región, que todavía ponen énfasis en la memorización y la repetición. Lamentablemente, los resultados no son mucho mejores cuando se trata de habilidades de lectura; nuevamente, las naciones latinoamericanas quedaron en los últimos lugares de la muestra de 40 países.

De manera similar según el prestigioso Estudio Internacional de Tendencias en Matemáticas y Ciencias (TIMSS, por sus siglas en inglés), en 2003 los estudiantes chilenos de octavo grado ocuparon el lugar 39 de entre 44 países en matemáticas, y en ciencias lograron un puesto sólo ligeramente mejor (37). Es interesante el hecho de que muchos países que tuvieron mejores resultados que Chile en estas pruebas estandarizadas tienen un menor ingreso per cápita.

El rendimiento educacional de América Latina es igual de débil a nivel universitario. Según un estudio realizado en 2004 por The Times of London, ninguna universidad latinoamericana se encuentra entre las principales 200 del mundo. Esto contrasta notablemente con China e India, que tienen varias universidades de primer nivel, especialmente en ciencias e ingeniería. Tailandia, Turquía y Singapur también tienen universidades de primera categoría en el ámbito de las ciencias, incluida la biotecnología.

Para que América Latina tenga éxito y avance hacia la prosperidad, debe reformar su sistema educativo. Sólo mediante una fuerza laboral capacitada e innovadora es posible lograr un índice de crecimiento económico sostenible que ayude a reducir la pobreza y la desigualdad.

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Las reformas se deben orientar a hacer que los profesores de educación básica y secundaria rindan cuenta de su desempeño. Además, pagar a los profesores según su desempeño debe convertirse en la norma, al tiempo que se despide a los profesores ineficaces. Más aún, en el ámbito universitario se debe aumentar sustancialmente un financiamiento competitivo de la investigación.

Para implementar estas reformas habrá que tener valentía y visión en el ámbito político. En particular, los políticos deben tener la voluntad de enfrentarse a los sindicatos de profesores, que tradicionalmente se han resistido a las reformas que introducen una mayor competencia y la exigencia de que se hagan responsables de su desempeño.