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El laborismo, en la trampa racista

NUEVA YORK – Cuando la derecha acusa a la izquierda de antisemitismo, algo curioso está pasando. Al fin y al cabo, el odio a los judíos ha sido históricamente una patología de la derecha. Pero en Gran Bretaña, políticos conservadores y diarios de derecha como el Daily Telegraph se muestran indignados por el presunto antisemitismo de algunos diputados laboristas, pese a que los conservadores mismos no están exentos de xenofobia (especialmente hacia los musulmanes, e incluso hacia los europeos de otros países). Pero hay un motivo para esta hipocresía, y tiene mucho que ver con la percepción que se tiene de Israel.

En la izquierda, el antisemitismo suele darse como oposición fanática a las políticas israelíes hacia los palestinos. Cuando críticos del gobierno israelí hablan de “sionistas” en vez de “israelíes”, es señal casi segura de fanatismo. Un buen ejemplo es el exalcalde de Londres, Ken Livingstone. Que calificara a Hitler de protosionista no fue tanto un intento fallido de hacer un planteo histórico provocador, cuanto un insulto deliberado para desacreditar la existencia misma de Israel.

Si el líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn (un ardiente antisionista), no ve nada de malo en un mural pintado en Londres en el que se retrata a unos malvados plutócratas de nariz ganchuda jugando al Monopoly sobre las espaldas desnudas de unos sufridos trabajadores, entonces es admisible ver una relación entre el elogio que hizo Corbyn de Hamás y una forma de antisemitismo más anticuada.

Acaso sea injusto: tal vez lo de Corbyn sólo fue una torpeza. Pero no hay duda de que a veces en la izquierda el anticapitalismo fanático vira a antisemitismo. Es lo que ocurría en Francia a fines del siglo XIX, cuando Georges Sorel y los sindicalistas revolucionarios veían a los judíos con los mismos ojos que el muralista de Londres. Y es lo que todavía ocurre con quienes ven en George Soros al peor enemigo de las sufrientes masas actuales.

Pero al hablar de izquierda, hay que hacer algunas distinciones. En Estados Unidos, a los demócratas que piensan que el Estado debe ayudar a los más desfavorecidos a menudo los llaman izquierdistas. Pero en Europa y otras partes, ya no queda mucho de la ideología clasista que en otros tiempos se asociaba con el socialismo. Hoy hay muy poca diferencia entre un socialdemócrata moderado y un conservador ortodoxo. Corbyn y Livingstone representan una izquierda dura, sectaria, movida en gran medida por una intensa hostilidad a lo que perciben como imperialismo occidental (o “neocolonialismo”) y racismo contra los no europeos.

Los dos países que representan más claramente las iniquidades del neocolonialismo y el racismo a ojos de la izquierda sectaria son Israel y Estados Unidos. De hecho, debido al firme apoyo de Estados Unidos a Israel (sobre todo ahora que el presidente Donald Trump dio al gobierno de Binyamin Netanyahu licencia para hacer lo que quiera), la opresión israelí de los palestinos se ve como una empresa conjunta de ambos países. Washington y Jerusalén pasan por ser las capitales gemelas del sionismo. (Algunos incluirán Nueva York y Hollywood, por lo del “dinero judío”.)

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Hay motivos de sobra para criticar las políticas de Israel, y las de los gobiernos estadounidenses que las apoyan ciegamente. No es ningún secreto que muchos israelíes, incluidos miembros destacados del gabinete de Netanyahu, tienen respecto de los árabes ideas que con justicia se pueden describir como racistas. (Teniendo en cuenta sus recientes comentarios sobre el Holocausto, lo mismo puede decirse de Mahmoud Abbas, líder de la OLP.) Y la idea que tiene Trump de la gente de ascendencia no europea tampoco es exactamente amistosa.

Pero criticar es una cosa; ver a Estados Unidos e Israel como las peores amenazas contra la humanidad es otra. Para algunos izquierdistas fanáticos, el sionismo y el imperialismo estadounidense son tan malvados que sus enemigos jurados tienen que ser necesariamente amigos de la izquierda. Por eso algunos exculpan al presidente ruso Vladimir Putin de sus acciones e incluso se creen su propaganda.

Livingstone y otros tal vez no comprenden lo cerca que está la imagen que tienen de la maldad estadounidense y sionista de los tópicos antisemitas de derecha de principios del siglo XX. Entonces también se asociaba a Estados Unidos, y a Gran Bretaña hasta cierto punto, con el “dinero judío”. Entonces la gente también pensaba que el “poder judío” se ejercía desde Washington y Nueva York. El apellido Rothschild se usaba igual que hoy el de Soros.

El hecho de que la izquierda sectaria haya asumido el liderazgo del Partido Laborista es un fenómeno reciente. Corbyn siempre fue una figura marginal, un excéntrico cuyo nombre rara vez se oía fuera de su distrito en el norte de Londres. Que se convirtiera en líder del laborismo parecía tan absurdo como suponer que Trump se adueñaría del Partido Republicano. Y sin embargo, tiene cierto sentido ideológico.

El Partido Laborista británico, como sus pares de izquierda en otros países, era el representante de los intereses de lo que se conocía como la clase trabajadora. Estaba a favor de sindicatos fuertes y de la propiedad estatal de instituciones nacionales clave, por ejemplo los ferrocarriles y el sistema postal. Consideraba esenciales la salud y educación públicas. Muchos izquierdistas también eran internacionalistas. En las primeras décadas de existencia de Israel, cuando la izquierda todavía gobernaba allí, la mayor parte de los laboristas simpatizaban con el sionismo.

Esto comenzó a cambiar en los sesenta y setenta. No sólo Israel se convirtió en una potencia ocupante en territorios palestinos conquistados en dos guerras, sino que además, la ideología de izquierda en Occidente comenzó a pasar del clasismo a la lucha contra el imperialismo y el racismo. Muchos izquierdistas se identificaban como luchadores contra el racismo, así que por muy fanática que fuera su oposición a “los sionistas”, no podían de ningún modo verse como antisemitas. Incluso, sus ideas sobre el sionismo los confirmaban como antirracistas.

En tanto, en la derecha (en Israel, Europa y Estados Unidos) se dio un cambio paralelo. A medida que los gobiernos israelíes se volvían más militantemente nacionalistas, los xenófobos y chauvinistas occidentales se volvieron firmes defensores de Israel. Y por eso los conservadores británicos, que en otros tiempos tal vez tuvieran ideas, digamos, poco amistosas en relación con el pueblo judío, ahora pueden acusar a políticos laboristas de antisemitas, con la conciencia tranquila. Al fin y al cabo, ellos aman a Israel (tal vez un poco demasiado).

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/10aSEAd/es;

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