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La náusea rusa

MOSCÚ.– La historia de los sucesivos regímenes autoritarios rusos revela pautas recurrentes: sus caídas no se deben a golpes externos ni a sublevaciones locales. Por el contrario, tienden a colapsar por una extraña enfermedad interna: una combinación de creciente indignación de las élites consigo mismas y la conciencia del agotamiento del régimen. La enfermedad se asemeja a una versión política de la nausea existencial de Jean-Paul Sartre y llevó tanto a la revolución bolchevique de 1917 como a la desaparición de la Unión Soviética gracias a la perestroika de Mijaíl Gorbachov.

Actualmente, el régimen del primer ministro Vladímir Putin se ve afligido por esa misma enfermedad terminal, a pesar de –o debido al– aparentemente impermeable muro político que construyó a su alrededor durante años. El simulacro putiniano de un gran régimen ideológico sencillamente no pudo eludir su destino. La «imagen heroica» y las «acciones gloriosas» del líder son actualmente blanco de diarias injurias. Y esos asaltos verbales ya no se limitan a voces marginales de la oposición; están tomando cuerpo en los medios dominantes.

Dos eventos han acelerado bruscamente el colapso de la confianza en el régimen de Putin, tanto entre la «élite» como entre los ciudadanos rusos comunes.

En primer lugar, en septiembre, durante el congreso del partido político de Putin, Rusia Unida, Putin y el «presidente» Dmitri Medvédev formalizaron lo que todos preveían con el anuncio de la intención de Putin de regresar a la presidencia en marzo –declarándose virtualmente dictador vitalicio de Rusia. Su cruzada por el liderazgo eterno no solo está impulsada por su sed de poder, sino también por temor a que algún día se lo responsabilice por sus acciones.