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Riñon en venta

NEW HAVEN – El Día Mundial del Riñón, que se celebrará el 12 de marzo, forma parte de una campaña mundial de salud encaminada a alertarnos sobre las repercusiones de la enfermedad renal. Lamentablemente,  hay poco que celebrar.

Según la Sociedad Internacional de Nefrología, la enfermedad renal afecta a más de 500 millones de personas en el mundo, es decir, el 10 por ciento de la población adulta. Como cada vez hay más personas con tensión arterial alta y diabetes (los principales riesgos de enfermedad renal), el panorama ha de empeorar por fuerza.

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Todos los años hay 1.800 casos nuevos de la forma más grave de enfermedad renal: la insuficiencia renal. A no ser que los pacientes con insuficiencia renal reciban un transplante de riñón o se sometan a diálisis, procedimiento oneroso y para toda la vida que limpia la sangre de toxinas, la muerte al cabo de unas semanas resulta inevitable.

El año pasado, un nefrólogo australiano, Gavin Carney, celebró una conferencia de prensa en Camberra para instar a que se permitiera la venta de riñones. “El sistema actual no funciona”, dijo, citado por el Sidney Morning Herald . “Hemos hecho toda clase de intentos para conseguir apoyo” a la donación de órganos, pero “la gente no parece dispuesta, sencillamente, a ceder sus órganos gratis”.

Carney quiere impedir que los pacientes compren riñones en el mercado negro y en mercadillos de órganos extranjeros. Como receptora americana de un riñón, yo misma, que estuvo en tiempos tan desesperada como para acariciar esa idea (por fortuna, un amigo acabó donándomelo), convengo absolutamente en que debemos ofrecer a personas bien informadas una compensación, si están dispuestas a salvar la vida de un desconocido.

Si no, seguiremos afrontando una doble tragedia: por una parte, los millares de pacientes que mueren todos los años por no disponer de un riñón; por otra, un desastre en materia de derechos humanos en el que intermediarios corruptos engañan a donantes indigentes sobre el carácter de la cirugía a la que los someten, los engañan con el pago y desatienden sus necesidades postoperatorias.

La Organización Mundial de la Salud calcula que entre el 5 por ciento y el diez por ciento de todos los transplantes que se hacen  anualmente –tal vez 63.000 en total– corresponde a los submundos clínicos de China, Pakistán, Egipto, Colombia y Europa oriental.

Lamentablemente, gran parte de los organismos mundiales relacionados con los transplantes, incluidas la OMS, la Sociedad Internacional de Transplantes y la Asociación Médica Mundial– propugnan sólo un remedio parcial. Se centra en el objetivo de acabar con el tráfico de órganos, pero pasan por alto la verdad confirmada por el paso del tiempo de que los intentos de acabar con los mercados ilícitos hacen que aumente su clandestinidad o que la corrupción reaparezca en otro lugar.

Por ejemplo, después de que China, la India y el Pakistán empezaran a adoptar medidas severas contra los mercados ilícitos de órganos, muchos pacientes recurrieron a las Filipinas. En la pasada primavera, después de que las Filipinas prohibieran la venta de riñones a extranjeros, un titular en el Jerusalem Post decía así: “Los candidatos a transplantes de riñón se encuentran en el limbo, después de que las Filipinas hayan cerrado sus puertas”. (Israel tiene una de las tasas más bajas de donaciones del mundo, por lo que el Estado sufraga los transplantes hechos fuera del país.) Asimismo, pacientes de Qatar que se trasladaron a Manila están “buscando soluciones substitutivas”, según The Peninsula.

Cierto es que más países deben crear sistemas eficientes de donación póstuma, fuente importante de órganos, pero incluso en España, famosa por su éxito en la obtención de órganos de personas recién fallecidas, mueren personas que estaban esperando un riñón.

La verdad es que el tráfico cesará sólo cuando la necesidad de órganos desaparezca.

Los oponentes alegan que un sistema legal de intercambio reproducirá inevitablemente los pecados del mercado negro. Eso es totalmente retrógrado. El remedio para ese sistema de intercambio corrupto y carente de regulación es un régimen, transparente y regulado, encaminado a la protección de los donantes.

Mis colegas y yo proponemos un sistema en el que la compensación corra a cargo de terceros (el Estado, una entidad benéfica o una compañía de seguros) con supervisión pública. Como la puja y la compra privada no estarían permitidas, se distribuirían los órganos a los siguientes en la lista y no sólo a los ricos. Se examinaría cuidadosamente a los donantes para descartar los afectados por problemas físicos y psicológicos, como se hace actualmente con todos los donantes de riñones vivos. Además, se les garantizaría la atención postoperatoria para atender cualesquiera complicaciones.

Muchas personas se sienten incómodas a la hora de ofrecer el pago de una suma en metálico. Una solución es la de la concesión de compensaciones –como, por ejemplo, la entrada para la compra de una casa, una contribución a un fondo de jubilación o un seguro de enfermedad para toda la vida–, programa que no sería atractivo para personas que, de lo contrario, podrían apresurarse a donar con la promesa de una gran suma instantánea y en metálico.

La única forma de acabar con los mercados ilícitos es la de crear otros legales. De hecho, no hay una justificación mejor para poner a prueba los modelos legales de intercambio que las propias depredaciones del mercado clandestino.

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Cada vez hay un impulso más fuerte. En el British Medical Journal , un destacado cirujano británico especializado en transplantes pidió un programa de compensación de los donantes controlado en el caso de los donantes vivos sin relación familiar con el receptor. Durante el pasado año, los gobiernos de Israel, Arabia Saudí y la India han decidido ofrecer incentivos que van desde un seguro de enfermedad vitalicio para el donante hasta una prestación en metálico. En los Estados Unidos, la Asociación Médica Americana ha respaldado un proyecto de ley que facilitaría a los Estados la posibilidad de ofrecer incentivos no dinerarios por la donación.

Mientras los países no creen medios legales de compensación a los donantes, los destinos de los donantes y los pacientes del tercer mundo que necesitan órganos para sobrevivir seguirán morbosamente entrelazados. ¿Qué forma mejor de celebrar el Día Mundial del Riñón que la de que dirigentes mundiales de salud den un paso audaz e insten a los países a experimentar con las compensaciones a los donantes?