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El Antropoceno: un nuevo tiempo, una nueva visión

ESTOCOLMO – Inspire profundo. Dedique unos segundos a paladear el aire. Ahora piense esto: en toda la historia del ser humano moderno, ninguno de nuestros antepasados respiró nada parecido. Y como van las cosas, el aire que respirarán nuestros descendientes tampoco será igual.

Desde el comienzo de la Revolución Industrial, la composición de la atmósfera ha variado considerablemente por obra de la actividad humana. Los niveles de dióxido de carbono están en el valor más alto de los últimos 800.000 años por lo menos. La cantidad de nitrógeno y azufre que circula por el sistema de la Tierra se duplicó. El pH del océano está cambiando a una velocidad nunca antes vista; el agua alcanza niveles de acidez que ningún organismo marino experimentó en los últimos veinte millones de años.

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No hay duda: los seres humanos (que ya ocupamos casi el 40% de la superficie terrestre no congelada) estamos configurando muchos de los procesos fundamentales del planeta. Para el Premio Nobel Paul Crutzen, este cambio es tan profundo que equivale al inicio de una nueva época geológica: el Antropoceno.

Algunos científicos sostienen que el Antropoceno comenzó cuando los seres humanos empezamos a labrar la tierra y domesticar animales, pero otros (entre los que me cuento) consideramos que es un fenómeno más reciente. Independientemente de cuándo haya comenzado exactamente, está claro que desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el impacto de la humanidad sobre el planeta aumentó considerablemente.

De hecho, parece que alrededor de 1950 el mundo llegó a un punto de inflexión en el que prácticamente todos los factores que aumentan dicho impacto (la población, el PIB, el uso de fertilizantes, la proliferación de los teléfonos y el consumo de papel, por citar solo algunos) comenzaron a crecer rápidamente al mismo tiempo. Durante este período (que el científico Will Steffen llama la “Gran Aceleración”), el tamaño, el nivel de interconexión y el consumo de la población humana llegaron a ser suficientemente grandes para convertirnos en una fuerza planetaria importante.

En un estudio publicado en 2009, un grupo de científicos identificó un conjunto de nueve “fronteras planetarias”, que se refieren al cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la alteración de los ciclos del nitrógeno y el fósforo, el uso de la tierra, la explotación de agua dulce, la acidificación de los océanos, el vaciamiento de la capa de ozono, la emisión de aerosoles a la atmósfera y la contaminación química. Bastaría que la humanidad cruce una sola de ellas para que aumente el riesgo de que modifiquemos radicalmente el sistema terrestre. Puesto que estas fronteras están estrechamente vinculadas, si las tendencias que nos acercan a ellas continúan al ritmo actual, pronto entraremos en un territorio desconocido para el medio ambiente, en el que es posible que se produzcan graves daños a los sistemas de los que depende nuestra supervivencia.

Para enfrentar los nuevos desafíos que plantea el Antropoceno, los seres humanos necesitamos cambiar nuestros modos de gestión y de toma estratégica de decisiones. El desarrollo de estrategias exitosas exige olvidar los viejos supuestos que, aunque nos sirvieron en el pasado, hoy se han convertido en mitos contraproducentes.

Uno de esos mitos dice que lo mejor es encarar de a un problema por vez, aplicando soluciones simples y puntuales. Por más atractiva que parezca esta idea, es inadecuada para los problemas más apremiantes de la actualidad. Por ejemplo, la producción y distribución sostenida de alimentos para los más de nueve mil millones de personas que poblarán el planeta a mediados de este siglo afectará el consumo de agua y de energía, el desarrollo agrícola, el uso del terreno, los ciclos del nitrógeno y del fósforo y la acidificación de los océanos, sin olvidar la pérdida de biodiversidad (debida, por ejemplo, a la sobreexplotación pesquera).

Por ello, el enfoque propio de la Revolución Verde (un enfoque estrecho y centrado en la producción) no servirá para superar el problema de la inseguridad alimentaria en el futuro, aunque en el pasado haya permitido impresionantes aumentos de la productividad. El mundo necesita una estrategia integral e innovadora que apunte a optimizar todo el sistema alimentario, lo que implica, por ejemplo: mejorar el uso de los fertilizantes y del agua, junto con el transporte y almacenamiento de los alimentos; garantizar que todas las personas del mundo tengan acceso económico a una nutrición adecuada; y cambiar los hábitos de la población para incentivar el consumo de alimentos cuya producción demande menos recursos.

El problema es que el desafío de encarar sistemas complejos es tan grande que a menudo preferimos dividirlos en sus componentes individuales. Por ejemplo, en vez de pensar un modo de erradicar la pobreza extrema y al mismo tiempo evitar el calentamiento global (desarrollando para ello estrategias que se refuercen mutuamente para alcanzar esos objetivos), proponemos soluciones que apuntan a uno de los problemas o el otro, lo que les resta eficacia.

Por supuesto, encarar en simultáneo cuestiones interconectadas también entraña un grado de dificultad. Básicamente, ninguna persona o grupo aislado tiene conocimiento o experiencia suficientes para resolver de una sola vez todos los problemas de un sistema complejo.

Pero una comunidad más amplia, formada por gobiernos, empresas, investigadores, filósofos, grupos religiosos e incluso artistas y poetas, sería capaz de imaginar estrategias holísticas e implementarlas. Su éxito dependería de que los participantes estén dispuestos a cooperar y se comprometan a anteponer la evidencia a la ideología. El auténtico desafío, entonces, es el de congregar una comunidad tan amplia (un tipo de tarea para la que los líderes globales no han demostrado ser muy hábiles).

Otro problema importante es que como los recursos son limitados, resolver todos los problemas del mundo de una sola vez es imposible. Por eso, la capacidad de priorizar con eficacia es esencial. Pero más que destacar un problema sobre otros, la prioridad principal debe ser forjar resiliencia en la totalidad de los sistemas globales. Los mecanismos pensados para resolver un problema en un sistema no deben poner en riesgo la resiliencia de otro.

También es necesario crear indicadores nuevos que sustituyan al PIB como principal medida del bienestar humano. Hasta Simon Kuznets, el principal arquitecto del concepto de PIB, reconoció que este indicador omite muchos de los factores que afectan al bienestar humano y sostuvo que se lo debe usar “solamente con ciertos recaudos”. En el Antropoceno, el PIB debe ser uno más en una batería de indicadores para evaluar el capital económico, natural y social, es decir, el valor de los bienes y servicios producidos, así como la dignidad de los ecosistemas y las estructuras sociales que sostienen su producción.

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Atravesar el Antropoceno en forma eficaz y ética será, tal vez, el mayor desafío al que se haya enfrentado la humanidad moderna. Para superarlo, necesitamos un modo más inteligente de tomar decisiones estratégicas y una visión innovadora más amplia. No hay tiempo que perder, enfrentémoslo ya mismo.

Traducción: Esteban Flamini