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Haciendo arrancar la economía de Europa

PARÍS – No hace mucho, la noción de que el Banco Central Europeo otorgue dinero a los gobiernos o directamente a los ciudadanos -las llamadas entregas de "dinero helicóptero"- habría parecido estrafalaria. Pero hoy una cantidad sorprendente de economistas convencionales y políticos de centro respaldan la idea de un financiamiento monetario de medidas de estímulo en diferentes formas.

Esto representa un cambio muy necesario en la conversación -un cambio que, por fin, coloca el foco directamente en el estímulo del lado de la demanda de la economía europea-. Después de años de crecimiento estancado y de desempleo debilitante, todas las opciones, no importa lo poco convencionales que sean, deberían estar sobre la mesa.

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La decisión del referendo del Reino Unido de abandonar la Unión Europea no hace más que fortalecer el argumento a favor de más medidas poco convencionales y de estímulo en Europa. Si una mayoría importante de ciudadanos de la UE ha de respaldar una continua integración política, un crecimiento económico sólido es vital.

Como demuestra la investigación del McKinsey Global Institute (MGI), a pesar de la flexibilización cuantitativa agresiva y de las tasas de interés en niveles bajos sin precedentes -el BCE fue el primer banco central importante en introducir tasas de interés negativas en 2014-, la demanda anémica sigue coartando el crecimiento del PIB en toda Europa. En varios países de la UE, más de una cuarta parte de la población hace cerca de diez años que está desempleada, mientras que el descontento político se está transformando en extremismo. La incertidumbre y la volatilidad en los mercados financieros luego del voto del Brexit deteriorarán aún más la demanda.

La ola de inversión corporativa que supuestamente iba a liberarse gracias a una combinación de restricción fiscal (para frenar la deuda gubernamental) y alivio monetario (para generar tasas de interés ultra bajas) nunca se ha materializado. Por el contrario, las empresas europeas cercenaron la inversión anual en más de 100.000 millones de euros (113.000 millones de dólares) al año entre 2008 y 2015, y han acumulado unos 700.000 millones de euros de efectivo en sus balances.

Esto no sorprende: las empresas invierten cuando tienen confianza en la demanda futura y en el crecimiento de la producción. Inclusive antes del voto del Brexit, las empresas europeas y otras compañías globales no tenían confianza en las perspectivas de Europa. Ahora enfrentan riesgos elevados de una recesión europea y la posibilidad real de que tanto el Reino Unido como la UE puedan fragmentarse si prospera el contagio populista. Los inversores corporativos odian la incertidumbre y la votación del Brexit ha creado un mundo dramáticamente más incierto en Europa y otras partes.

La austeridad fiscal y las tasas de interés ultra bajas han demostrado ser ineficientes a la hora de estimular la  demanda de los hogares -y pueden ser contraproducentes-. Cuando los individuos no encuentran rendimientos decentes, en verdad pueden aumentar sus ahorros para alcanzar sus objetivos de retiro. Y en la típica ciudad europea, donde la tierra y las viviendas asequibles escasean, las tasas de interés más bajas han venido impulsando los precios de la propiedad hacia arriba en lugar de estimular la construcción.

Llegó la hora de reconocer los límites de la política actual. En las condiciones precarias de hoy, la demanda en verdad podría estar mejor respaldada si se implementaran estrategias diferentes a la flexibilización cuantitativa y las tasas de interés ultra bajas. Es más, las estrategias alternativas para estimular la demanda privada podrían tener menos consecuencias distributivas indeseables, según el análisis del MGI.

Quienes proponen el dinero helicóptero -otorgándoles créditos directamente a los ciudadanos con fondos del banco central, o dándoles dinero a los tesoros nacionales para financiar infraestructura y otras actividades generadoras de demanda- sostienen, con razón, que tiene la ventaja de poner el dinero directamente en manos de quienes lo van a gastar. Un programa de dinero helicóptero de dimensiones apropiadas también podría hacer subir la inflación de una manera controlada, evitando así la posibilidad de una trampa deflacionaria al estilo japonés.

Por cierto, el impulso de la demanda podría darles a los bancos centrales la oportunidad que necesitan para retrotraer las tasas de interés a las normas históricas. Esto podría desinflar las incipientes burbujas de activos que pudieran estar formándose y aliviar las presiones sobre los inversores institucionales que se esfuerzan por encontrar el rendimiento que necesitan para cumplir con sus compromisos de seguros y pensiones.

Pero un programa de dinero helicóptero -una idea inverosímil cuando Milton Friedman la propuso en 1969- también sería una desviación radical para los responsables de las políticas, que requeriría muchísima cautela respecto de la percepción y la confianza de los ciudadanos y los inversores, y las estructuras sólidas de gobernancia. Y una estrategia semejante consolidaría la noción de que la política del banco central es "la única alternativa", desligando a los líderes gubernamentales electos de su responsabilidad de implementar políticas pro-crecimiento y las decisiones fiscales que controlan.

Un camino menos riesgoso y probado en el tiempo para estimular la demanda sería un incremento significativo de la inversión pública en infraestructura financiada con deuda del gobierno. Está bien documentado que Europa y Estados Unidos han invertido de manera ineficiente en infraestructura. Desde una perspectiva macroeconómica, la inversión en infraestructura es un "dos por uno" -fortalece la productividad y la competitividad en el largo plazo y, donde hay capacidad inutilizada, fomenta la demanda, la producción y el empleo con efectos multiplicadores significativos en el corto plazo.

Sin embargo, los gobiernos en toda Europa han restringido la inversión en infraestructura durante años, dándole prioridad a la austeridad fiscal y a la reducción de deuda con la idea equivocada de que el endeudamiento del gobierno desplaza a la inversión privada y reduce el crecimiento. Pero la lógica del desplazamiento se aplica solamente a condiciones de pleno empleo -condiciones que claramente hoy no existen en la mayor parte de Europa.

Por otra parte, la inversión en infraestructura no se puede posponer para siempre. Es necesario realizar una nueva evaluación de la situación, que tenga en cuenta los costos plenos de la desinversión en términos de empleo y crecimiento perdidos.

Una manera de romper el impasse es un cambio en los estándares de la contabilidad pública. Específicamente, si los gobiernos pudieran tratar la inversión en infraestructura como las empresas tratan el gasto de capital -como activos de los balances que se deprecian a lo largo de su ciclo vital y no como gastos excepcionales-, esa inversión entonces podría estar eximida de las reglas de déficit de Europa sin abrir la puerta a un derroche de gasto o aliviando la presión para planes creíbles para una consolidación fiscal a largo plazo. Por supuesto, sería crucial que se mejorara simultáneamente la planificación y la supervisión de los proyectos de infraestructura, según el MGI.

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También se necesitan nuevas ideas sobre la reforma estructural. Durante décadas, las discusiones sobre la reforma en la UE se han centrado en reducir la regulación del mercado laboral, recortar la burocracia en los mercados de productos, privatizar empresas estatales y reducir las tasas de interés. Pero la reforma ahora debería seguir el hilo de los esfuerzos por impulsar la demanda -por ejemplo, estimulando la economía plateada, impulsado la educación y la innovación digital y destrabando los mercados de tierra urbanos para allanar el camino para la inversión tan necesaria en vivienda.

Cada una de estas opciones exigiría un debate sólido y una investigación más profunda. Pero resulta evidente que Europa necesita un conjunto más amplio de opciones de políticas. La flexibilización cuantitativa y las tasas de interés ultra bajas deberían dejar de ser las únicas flechas en la aljaba de políticas macroeconómicas. Esas herramientas, junto con una austeridad fiscal excesiva, pueden tener costos más elevados en términos de empleo y crecimiento perdidos -y de un creciente descontento político- que opciones alternativas "riesgosas". El voto del Brexit funciona como cabeza de turco para los responsables de las políticas económicas de Europa. Los tiempos no convencionales requieren la consideración de estrategias políticas audaces no convencionales.