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La medida del progreso moral

MELBOURNE – Mahatma Gandhi señaló una vez que “la grandeza de una nación y su progreso moral se puede juzgar por la manera en que trata a sus animales”. Si aplicamos este examen al mundo como un todo, ¿cuánto progreso moral hemos hecho a lo largo de los últimos dos milenios?

Esa pregunta se sugirió por primera vez en El asno de oro, probablemente la novela más antigua que ha sobrevivido, escrita alrededor del año 170, cuando el Emperador Marco Aurelio gobernaba el Imperio Romano. Su autor fue Apuleyo, filósofo y escritor africano nacido en Madaura, cerca de la actual ciudad argelina de M’Daourouch. Aprendió latín y griego, completó sus estudios en Atenas y visitó Roma antes de regresar a su región de origen.

El asno de oro es una narración en primera persona contada por Lucio, cuyo interés en la magia lo llevó a Tesalia, provincia griega famosa por la habilidad de sus hechiceros. Pero su búsqueda por aprender las artes ocultas termina en desastre cuando resulta trasformado en un burro. Lucio describe, desde el punto de vista del animal, la vida de un asno de carga en tiempos romanos.

Las distintas formas de maltrato sufrido por el burro caen en tres categorías. Una es el sadismo: un chico esclavo para quien transporta madera recogida en las laderas montañosas disfruta de atormentarlo golpeándolo con palos, añadiendo piedras para hacer aún más pesada su carga, amarrando espinas a su cola y, finalmente, cuando cargaba leña seca, lanzándole una brasa ardiendo que se convirtió en una llamarada de la que el burro apenas pudo escapar con vida.

También hay brutalidad: cae en manos de una banda de ladrones que lo golpean sin piedad, no porque disfruten de hacerlo sufrir, sino para obligarlo a cargar su plata robada por interminables y escarpados caminos de montaña hasta su guarida.

Finalmente, hay explotación, despiadada pero económicamente racional para su nuevo propietario, un molinero. 24 horas al día, burros y caballos hacen girar la rueda del molino para moler el grano y convertirlo en harina. Solo se los libera de la agotadora faena para que coman y duerman y así sobrevivan para trabajar otra jornada. Esclavos humanos, también explotados, vestidos con harapos, con tatuajes en la frente y pies engrilletados, los vigilan y golpean si reducen el ritmo.

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Todo esto hace de El asno de oro un texto notablemente progresista. Hay que avanzar 17 siglos para encontrar en Belleza Negra, de Anna Sewell, una representación vívida y empática de la vida de un animal maltratado por los seres humanos. Pero, ¿qué podemos aprender de esta novela romana acerca del progreso moral desde que fuera escrita?

En muchos países serían ilegales la sádica crueldad del chico esclavo y la brutalidad de los bandidos. Eso es progreso, pero está lejos de ser universal. Si Apuleyo volviera hoy al área donde nació, no encontraría leyes para proteger a los animales de la crueldad. De todo el África del Norte, solo Egipto cuenta con leyes así.

En el África occidental y central, los animales están protegidos por ley solamente en Ghana y Nigeria. No hay leyes nacionales de bienestar animal en Arabia Saudita, Irán ni China. En contraste, hay al menos algún nivel de protección legislativa para los animales a lo largo de Europa (con excepción de Bielorrusia), en el subcontinente indio, en Japón, en gran parte del sudeste asiático (donde Vietnam es la principal excepción), Australia y Nueva Zelanda, y la mayor parte del continente americano.

Por lo general, estas leyes prohíben tanto la crueldad sádica como las palizas brutales, aunque hay una amplia variación en su ejecución. Y, dado que las actitudes hacia los animales también varían mucho, es posible que se los trate mejor en algunos países sin protección legal que en otros países donde la crueldad es ilegal.

Considérese los países desarrollados, donde la explotación de animales con fines comerciales es un problema muchísimo mayor. En todo el mundo, más de 70 mil millones de vertebrados terrestres son asesinados cada año para convertirse en comida, y un 90% de ellos viven todas sus vidas dentro de granjas factoría. Aunque algunas jurisdicciones, especialmente en la Unión Europea, prohíben las formas de confinamiento más extremas, en la mayor parte del planeta no hay barreras para tratar a los animales de cualquier manera que permita aumentar al máximo las utilidades. Una propuesta de Convención de las Naciones Unidas sobre Salud y Protección Animal ayudaría a remediar esa situación.

En el molino descrito por Apuleyo, se elevaban al máximo posible las utilidades haciendo trabajar a burros, caballos y esclavos casi hasta el punto de morir. Si alguno de los animales (o esclavos) caía muerto, era más barato reemplazarlo que mejorar las condiciones de trabajo que lo mataron.

De manera similar, cuando las gigantescas corporaciones de la agroindustria deciden cuántos animales meter en sus inmensos galpones, saben que el nivel de apiñamiento que cause la menor cantidad de muertes antes de que alcancen un peso apto para el mercado será el más rentable y esa será la referencia que utilizarán. Como resultado, más de 60 mil millones de animales al año viven vidas miserables, amontonados en granjas factoría antes de ser enviados al matadero.

El criterio de Gandhi para juzgar la grandeza de una nación y su progreso moral no se limita a un trato sádico o brutal a los animales. Si medimos por este estándar, en tanto mantengamos a la mayor parte de los animales que controlamos desde el nacimiento hasta la muerte en tan horribles condiciones, no podemos decir que hayamos logrado mucho progreso moral desde los tiempos de Apuleyo.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

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