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Una luz de esperanza brilla para las ciudades

NUEVA YORK – El mes pasado, se llevó a cabo en Medellín, Colombia una reunión que vale la pena destacar. Se reunieron unas 22.000 personas para participar en el Foro Urbano Mundial y allí examinaron el tema del futuro de las ciudades. La atención se centró en la creación de “ciudades por la vida” – es decir, en la promoción de un desarrollo equitativo dentro de los entornos urbanos, que son los lugares donde una mayoría de los ciudadanos del mundo viven en la actualidad, y que serán los lugares donde dos terceras partes de ellos residirán hasta el año 2050.

La reunión se celebró en un lugar que de por sí es simbólico: la ciudad de Medellín, ciudad que en otrora fue conocida por sus bandas de narcotraficantes, y que ahora cuenta con una bien merecida reputación que la destaca como una de las ciudades más innovadoras del mundo. La historia de la transformación de esta ciudad encierra importantes lecciones para las zonas urbanas de todo el mundo.

En las décadas de los años 80 y 90, los jefes de los carteles como el mal afamado Pablo Escobar, gobernaban las calles de Medellín y controlan sus políticas. La fuente del poder de Escobar no fue solamente el altamente lucrativo comercio internacional de la cocaína (impulsado por la demanda en los Estados Unidos), sino que también lo fue la desigualdad extrema en Medellín y en toda Colombia. En las empinadas laderas del valle que acuna a la ciudad, extensas barriadas, prácticamente abandonadas por el gobierno, proporcionaban un suministro fácilmente disponible de reclutas para los carteles. Frente a la ausencia de servicios públicos, Escobar ganó los corazones de los más pobres de Medellín con su generosidad – incluso mientras que paralelamente aterrorizaba a la ciudad.

Hoy en día, dichas barriadas son prácticamente irreconocibles. En el barrio pobre de Santo Domingo, el nuevo Sistema de Metrocable, que consiste de tres líneas de cabinas aéreas, presta servicios a los residentes trasladándolos hacia y desde cientos de metros de altura en la ladera de la montaña, poniendo fin así a su aislamiento del centro de la ciudad. El viaje ahora dura solamente unos minutos y las barreras sociales y económicas entre los asentamientos informales y el resto de la ciudad se encuentran en camino a desmoronarse.