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John Stuart Mill contra el Banco Central Europeo

BERKELEY – Uno de los secretos vergonzosos de la economía es el de que no existe una “teoría económica”. No existe, sencillamente, un conjunto de principios fundamentales en los que basar cálculos que iluminen los resultados económicos del mundo real. Debemos tener presente esa limitación del conocimiento económico cuando se está impulsando al máximo la austeridad fiscal en todo el mundo.

A diferencia de los economistas, los biólogos, por ejemplo, saben que todas las células funcionan conforme a instrucciones para la síntesis de las proteínas codificadas en su ADN. Los químicos comienzan con los principios de Heisenberg y Pauli, más la tridimensionalidad del espacio, y nos hablan de configuraciones de electrones. Los físicos comienzan con las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza.

Los economistas no tienen nada parecido. Los “principios económicos” que respaldan sus teorías son un fraude: no verdades fundamentales, sino meros mandos que se giran y se ajustan para que del análisis resulten las conclusiones “adecuadas”.

Las conclusiones “adecuadas” dependen de cuál de los dos tipos de economista se sea. Uno de ellos elige, por razones no económicas ni científicas, una posición política y un conjunto de aliados políticos y gira y ajusta sus tesis hasta que de ellas se desprenden conclusiones que se ajustan a su posición y gustan a sus aliados. El otro tipo toma los restos de la Historia, los echa en la olla, aviva el fuego y los cuece, con la esperanza de que los huesos emitan enseñanzas e indiquen principios con los que guiar a los votantes, burócratas y políticos de nuestra civilización, mientras avanzan lentamente hacia la utopía.