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Dejemos que Oriente Medio se gobierne a sí mismo

NUEVA YORK – Ya es hora de que los Estados Unidos y otras potencias dejen que el Oriente Medio se gobierne a sí mismo de conformidad con su soberanía nacional y la Carta de las Naciones Unidas. Cuando los EE.UU. están examinando la posibilidad de lanzar otra ronda de acciones militares en el Iraq y una intervención en Siria, deben reconocer dos verdades básicas.

En primer lugar, las intervenciones de los EE.UU., que han costado a este país billones de dólares y miles de vidas en el pasado decenio, siempre han desestabilizado a Oriente Medio, al tiempo que causaban un enorme sufrimiento en los países afectados. En segundo lugar, los gobiernos de esa región –en Siria, Arabía Saudí, Turquía, el Irán, el Iraq, Egipto y otros–  tienen el incentivo y los medios para lograr acuerdos mutuos. Lo que los detiene es el convencimiento de que los EE.UU. o alguna otra potencia exterior (como, por ejemplo, Rusia) propicien una victoria decisiva en su nombre.

Cuando el Imperio Otomano se desplomó al final de la primera guerra mundial, las grandes potencias de aquel momento, Gran Bretaña y Francia, crearon Estados sucesores para garantizar su control del petróleo, la geopolítica y las rutas de tránsito de Oriente Medio a Asia. Su cinismo, reflejado, por ejemplo, en el Acuerdo Sykes-Picot, estableció una tónica duradera de destructiva intromisión exterior. Tras surgir posteriormente los Estados Unidos como potencia mundial, trataron a Oriente Medio del mismo modo: instalando, derribando, sobornando o manipulando implacablemente a gobiernos de esa región, sin por ello dejar de emitir retórica democrática de boquilla.

Por ejemplo, menos de dos años después de que el Parlamento y el Primer Ministro, Mohammad Mossadegh, democráticamente elegidos, nacionalizaran la Compañía Petrolera Angloiraní en 1951, los EE.UU. y Gran Bretaña recurrieron a sus servicios secretos para derribar a Mossadegh e instalar al incompetente, violento y autoritario shah Reza Pahlevi. No es de extrañar que la Revolución Islámica que derrocó al sha en 1979 fuera seguida de una oleada de violento antiamericanismo. Sin embargo, en lugar de intentar lograr un acercamiento, los EE.UU. apoyaron a Sadam Husein durante la guerra del Iraq contra el Irán, que duró ocho años, en el decenio de 1980.