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Cuál es la inflación que realmente amenaza a Europa

PARÍS – En 2002, el presidente saliente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, declaró en un recordado discurso: “Aunque he dicho que una deflación en Estados Unidos es altamente improbable, sería imprudente de mi parte descartar por completo esa posibilidad”. En aquel momento, la tasa anual de inflación en Estados Unidos superaba el 2%, y el riesgo de que descendiera por debajo de cero era, de hecho, insignificante; pero aun así, Bernanke consideró que era necesario planificar una vía de escape por si esa posibilidad potencialmente catastrófica se hacía realidad. El plan que describió fue, básicamente, un preanuncio de las políticas que la Reserva Federal implementó después de la crisis de 2008.

Pero tratándose de la eurozona, esa amenaza hoy no es insignificante. Según los últimos datos de inflación, el aumento anual del índice de precios al consumidor apenas llega al 0,9% (1% si se excluyen los volátiles precios de la energía y los alimentos). Eso es un punto porcentual por debajo del objetivo del Banco Central Europeo de mantener tasas de inflación “inferiores, pero cercanas al 2%”. En momentos en que la economía opera claramente por debajo del nivel de plena capacidad y el desempleo supera el 12%, no puede descartarse el riesgo de que la inflación se reduzca todavía más, especialmente habida cuenta de la presión a la baja derivada de la apreciación gradual del tipo de cambio en un contexto global de cifras de crecimiento que resultan inferiores a las esperadas y bajos precios de las materias primas. De modo que ya es tiempo de reconocer que en Europa existe un riesgo de deflación y considerar medidas adicionales para evitarlo.

El primer problema con la deflación es que tiende a elevar el tipo de interés real (el que surge de descontar la inflación) por encima del nivel de equilibrio. Como el tipo de interés nominal no puede ser menor a cero, puede ocurrir que el banco central no logre reducir el diferencial tipo de interés/inflación hasta un nivel deseado, lo que puede llevar a una desaceleración económica e incluso una espiral descendente. Es verdad que hubo casos de bancos centrales (el de Suecia en 2009 y el de Dinamarca en 2012) que llegaron a cobrar una tasa a los bancos por el mantenimiento de depósitos, lo que en la práctica equivale al anuncio de tipos de interés negativos. Pero estas tácticas tienen sus limitaciones, porque al cobrar una tasa a los depositantes, llega un momento en que a estos les conviene guardar sus billetes en la caja fuerte.

Este problema se aplica especialmente a la eurozona, que está saliendo de una larga recesión, con un PIB que todavía está por debajo del nivel de 2007, y a cuya recuperación, por más que es innegable, le falta empuje. Conociendo este riesgo, el BCE redujo su tasa de interés referencial dos veces en los últimos meses hasta llegar al 0,25%. El problema es que puede ser que esta medida sea insuficiente y llegue demasiado tarde para lograr el tipo de interés real que se necesita para estimular una recuperación económica sostenible.