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El embrollo afgano

NUEVA DELHI – A pesar de las provocaciones de último momento del presidente afgano, Hamid Karzai, su país y los Estados Unidos parecen haber logrado negociar un acuerdo de seguridad bilateral para gobernar las 8,000-10,000 tropas (que en gran parte son estadounidenses) que se quedarán el próximo año en Afganistán. Sin embargo, este país sigue siendo una fuente significativa de incertidumbre – y mucha ansiedad – en una región de por sí inestable.

Aunque el ejército afgano ha tenido un sorprendente desempeño este año, pues se ha preparado para adquirir plena responsabilidad de la seguridad del país, gobiernos en la región siguen viendo con fuerte escepticismo la capacidad del ejército para resistir un resurgimiento talibán sin el apoyo que los Estados Unidos han estado dando. Sin embargo, los estadounidenses tienen el propósito de retirarse y ningún otro país quisiera asumir las responsabilidades a que están renunciando.

En este contexto, el temor a que Afganistán se desmorone nuevamente podría convertirse en una profecía que se cumple a sí misma. De hecho, al ver de cerca varios enfoques hacia Afganistán de gobiernos clave, se descubre que los Estados Unidos son los únicos que mantienen una postura coherente.

La política pakistaní prácticamente se contradice a sí misma. Desde la invasión soviética a Afganistán en 1979, Pakistán percibe el país como una fuente de “postura estratégica” en su vieja enemistad con India. Como resultado, ha estado con las dos partes del conflicto entre los talibanes y los Estados Unidos, y ha permitido a este país hacer bombardeos con drones contra líderes talibanes afganos que se ocultan en las provincias occidentales pakistaníes, pero no hace grandes esfuerzos por confrontar a los talibanes en el terreno. De esta forma, según el razonamiento, Pakistán podía mantener suficiente influencia con los talibanes a fin de poder presionar al gobierno afgano.