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La vía del Japón hacia un declive armonioso

PARÍS – Olvide el lector lo que ha oído decir sobre el laborioso asalariado japonés: desde comienzos del decenio de 1990, los japoneses han relajado drásticamente sus hábitos laborales. De hecho, el economista de la Universidad de Tokio Fumio Hayashi ha demostrado que la razón principal del estancamiento del Japón durante veinte años ha sido la disminución de la cantidad de trabajo hecho por los japoneses.

El propio Gobierno ha encabezado esa tendencia, comenzando por su decisión de cerrar los edificios de la administración pública los sábados. Los bancos del Japón hicieron lo propio. De 1988 a 1993, la semana laboral legal se redujo en un 10 por ciento, de 44 horas a 40, cosa que –más que ninguna otra– contribuyó a poner de rodillas el largo “milagro” económico del Japón posterior a la segunda guerra mundial.

En el sector de los servicios, el declive es aún peor que en el manufacturero, porque los servicios están rígidamente regulados y parcialmente cerrados a la competencia extranjera. En el sector minorista, que emplea a un gran número de trabajadores no especializados del Japón –las llamadas tiendas “familiares” –, la productividad japonesa es ahora un 25 por ciento inferior a la de la Europa occidental.

El ex Primer Ministro Junichiro Koizumi (que gobernó entre 2000 y 2004) y su principal asesor económico y ministro de Hacienda, Heizo Takenaka, entendió perfectamente que el Japón estaba perdiendo terreno en materia de productividad. Intentaron contrarrestar la tendencia a una reducción del trabajo mediante la privatización y la desregulación.