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Encarcelar a los mensajeros

WASHINGTON, D.C. – A medida que aumenta la influencia de China en los asuntos mundiales, el mundo está observando con mayor atención que nunca para  ver qué clase de gran potencia llegará a ser. El mes próximo, cuando el disidente encarcelado Liu Xiaobo reciba el premio Nobel de la paz, la atención se apartará de los aspectos más alentadores de lo que los dirigentes de China gustan de llamar el “ascenso” de su país y se centrará en su persistente maltrato a sus ciudadanos más  críticos. Ya la torpe reacción de los funcionarios chinos ante el premio ha socavado su preciada –y pródigamente financiada– misión de proyección del “poder blando” de China en todo el mundo.

Liu obtuvo el premio porque su compromiso de toda la vida con el activismo político resulta excepcional, pero debemos prestar la misma atención a otro activista chino encarcelado y cuya difícil situación en manos del sistema chino de justicia es tan preocupante como la de Liu y mucha más reveladora de los límites de la disensión permisible.

Un tribunal de Beijing condenó recientemente a Zhao Lianhai, ex agente publicitario de 38 años de edad, por “utilizar una cuestión social popular para instigar a las masas  (...) con miras a alterar gravemente el orden social” y lo sentenció a dos años y medio de reclusión.

A diferencia de Liu, Zhao no había pedido un cambio del sistema político de China, sino que había pasado dos años centrado en la idea casi trivialmente anodina de que su familia y muchos otros merecen una reparación por parte del Sanlu Dairy Group, empresa que provocó piedras en los riñones a sus hijos al adulterar ilegalmente su leche en polvo con una substancia química industrial: melamina.