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Qué se juega en el referendo italiano

MILÁN – En los últimos 68 años, Italia celebró 17 elecciones generales y unos pocos referendos. Pero sólo tres de sus votaciones concitaron tanta atención internacional: en 1948, cuando la elección fue entre Occidente y el comunismo; en 1976, cuando los votantes tuvieron que tomar una decisión similar, entre la democracia cristiana y el “eurocomunismo” de Enrico Berlinguer; y ahora, con un inminente referendo sobre reformas constitucionales.

La próxima votación tiene profundas implicaciones. El primer ministro Matteo Renzi apostó su futuro político en el referendo, y prometió que dimitirá (aunque no de inmediato) si las reformas son rechazadas. Ese resultado también debilitaría irreparablemente a la coalición gobernante de centroizquierda: el Partido Democrático (PD) de Renzi ya está agitado por luchas internas en torno a las reformas, y es posible que termine dividido incluso si el referendo sale como espera el primer ministro.

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Una derrota de Renzi se leería como una victoria de los dos principales partidos populistas de Italia: la Liga Norte y el (más grande) Movimiento Cinco Estrellas, liderado por el comediante Beppe Grillo. Aunque no son aliados, ambos partidos se nutren del mismo sentimiento antisistema y promueven “soluciones nacionales” a los problemas de Italia (comenzando con el regreso a la lira italiana).

Si Renzi es derrotado, la Liga Norte y el Movimiento Cinco Estrellas podrían unir fuerzas para apoyar un nuevo gobierno y celebrar otro referendo, esta vez sobre el euro. Que Italia (uno de los mayores deudores soberanos del mundo) decida seguir camino sola podría asestar un golpe mortal a todo el proyecto europeo. Y no es una posibilidad impensable en la era de Donald Trump y el Brexit.

La cuestión consultada por el referendo no es menor, pero el destino de Europa no debería estar supeditado a ella. Los italianos votarán sobre una propuesta de eliminar dos tercios de los miembros del Senado (la cámara alta del parlamento) y gran parte de su autoridad legislativa (lo que lo convertiría en un mero foro deliberativo similar al Bundesrat alemán) y regresar algunos de los poderes de las regiones al gobierno central.

Hace treinta años que se discuten cambios similares. Esta lentitud puede beneficiar a Renzi, si los votantes concluyen que no deberían desperdiciar una oportunidad tan escasa de hacer algo para reformar su esclerótico sistema de gobierno. El presidente Sergio Mattarella es imparcial, pero su preferencia sería que las reformas prosperen. Su predecesor, Giorgio Napolitano, también es firme partidario de las reformas, que según declaró, serían una “gran noticia para Italia”.

Pero también hay una tenaz oposición. En algunas instituciones estatales no se ve con agrado la idea de entregar más facultades al ejecutivo; los magistrados, por ejemplo, temen que los jueces pierdan algunos de sus amplios e irrestrictos poderes. A eso hay que sumar los nuevos populistas, varios veteranos del PD y numerosas otras figuras del establishment, entre ellas varios ex miembros del tribunal constitucional, generalmente temerosos del cambio. El ex primer ministro Silvio Berlusconi, oportunista como siempre, también se opone a las reformas.

Como es habitual, la oposición tiene la ventaja de contar con un mensaje simple. Votar “no” es votar contra el “sistema” y toda su corrupción: ¿quién no está contra la corrupción? Si a esto se le suma un creciente euroescepticismo, el resultado es una combinación política tóxica. Las encuestas de opinión indican una ventaja de entre 5 y 6 puntos para el “no”, con un 20% de votantes indecisos.

Si al referendo le sigue una elección general, Grillo correrá cabeza a cabeza con el PD de Renzi; una posibilidad realmente temible, ya que la nueva ley electoral italiana concede un premio enorme [mayoría parlamentaria asegurada] al partido que gane la elección (Renzi estaba seguro de que el beneficiado sería él).

Grillo (lo mismo que Matteo Salvini, de la Liga Norte) tiene escasa experiencia política, poco conocimiento de la historia europea, una gran pobreza argumental y ninguna visión creíble para el futuro. Culpa a Europa por los errores de Italia (como la acumulación de una enorme deuda pública que ya llega al 132% del PIB). Y hace promesas inviables, como un ingreso garantizado para todos los ciudadanos desprovistos de otros medios.

Juan Perón, el consumado populista, intentó aplicar ideas similares en Argentina y sólo demostró su ineficacia. Y ni siquiera es el único error argentino que Grillo parece decidido a cometer. También comparte el modelo argentino de resolver las deudas no pagándolas. Es una idea tan absurda (Italia nunca entró en cesación de pagos, aunque con Mussolini hizo un intento de seguir “su propio camino”, con resultados desastrosos) que uno se pregunta si Grillo es capaz de distinguir entre la gestión política y la comedia.

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Igual que en el Reino Unido y en los Estados Unidos, hoy la palabra mágica en Italia es “cambio”. Como nadie quiere estar contra el cambio, la oposición a las reformas se presenta como apoyo a reformas mejores. No cambiemos sólo la constitución, exhortan los promotores del “no” a los votantes: ¡cambiemos todo! Pero como en la gran novela Il Gattopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, cambiarlo todo puede terminar siendo el modo de que todo siga igual. Que es lo último que necesita Italia.

Traducción: Esteban Flamini