italy eu budget FILIPPO MONTEFORTE/AFP/Getty Images

Por qué ahora también Italia cuestiona la ortodoxia

PARÍS – Funcionarios, gestores de riesgo y mercados internacionales observan con atención la escaramuza presupuestaria entre el gobierno de Italia y la Comisión Europea. El episodio pone de manifiesto la creciente frecuencia con que gobiernos de economías avanzadas y emergentes por igual cuestionan las políticas económicas ortodoxas. La profundización de esta tendencia obliga a economistas y actores de mercado a analizar más (y comunicar mucho mejor) los dilemas de la implementación de políticas económicas y financieras convencionales en condiciones difíciles.

Elegidas con un mandato de promover un crecimiento más veloz e inclusivo, las autoridades italianas han adoptado una postura fiscal más expansiva. Pero el presupuesto que han diseñado fue “rechazado” por la Comisión Europea, por “incumplimiento” de las normas de la Unión Europea en materia de déficit. En consecuencia, Moody degradó la calificación crediticia de Italia al nivel inmediatamente superior al de los bonos basura, alegando preocupación por el stock de deuda del país y por el exceso de optimismo del gobierno en sus previsiones de crecimiento.

Como la dirigencia italiana insiste en que “no hay plan B”, el diferencial (spread) de la deuda pública de Italia volvió a subir a niveles que no se veían desde los peores días de la crisis del euro. Y al aumentar los costos de endeudamiento para los sectores público y privado, algunos observadores comienzan a preocuparse por las posibles consecuencias para el sistema financiero italiano. De hecho, hay quienes llegaron a decir que Italia plantea una amenaza existencial a la eurozona. Pero otros piensan que es una exageración peligrosa, porque Italia todavía tiene un perfil de servicio de deuda a corto plazo manejable, superávit fiscal primario y superávit de cuenta corriente, y un considerable potencial económico.

Varios factores amplifican el duradero problema de Italia con el crecimiento: la reciente pérdida de empuje económico de Europa, presiones de fragmentación regionales y la reducción gradual de las inyecciones de liquidez del Banco Central Europeo. Para contrarrestarlos, Italia está apelando a la política fiscal, en un intento de estimular el crecimiento por el lado de la demanda y por el lado de la oferta. Es decir, el gobierno quiere elevar el déficit fiscal ahora, para generar a la vez más crecimiento real y más crecimiento potencial.

En tanto, la presión sobre el diferencial de riesgo de la deuda italiana se acentúa por un cambio en los mercados globales. Los últimos años se caracterizaron por una volatilidad inusualmente baja en los mercados y mayor apetito de riesgo, lo que se debió a una serie de inyecciones de liquidez abundantes, repetidas y predecibles desde los bancos centrales. Pero ahora, a la par que se endurecen las políticas monetarias y que el crecimiento (en particular, en las economías avanzadas excepto Estados Unidos) se desacelera y se torna más divergente, comienza a haber un aumento de la aversión a riesgos y de la volatilidad.

A futuro, mucho dependerá de que sea posible compatibilizar la gran apuesta del gobierno de Italia con las normas y recomendaciones de la Comisión Europea. Pero a no equivocarse: los factores globales también influirán, sobre todo porque determinarán cuánto tiempo tendrán Italia y la Comisión para arreglar sus diferencias.

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El modo exacto en que evolucionen los factores regionales e internacionales tendrá importantes consecuencias sobre el diferencial de la deuda italiana. Una transición de políticas ordenada puede crear margen para la evolución de la estrategia económica del gobierno; pero un cambio abrupto crearía grandes dificultades, en la forma de un endurecimiento de las condiciones financieras para el gobierno y el sector privado italianos.

No es la primera vez que un gobierno recién electo desafía la ortodoxia económica en el mundo avanzado (un fenómeno que suele asociarse más con las economías emergentes). Tras asumir en enero de 2015, el gobierno de Syriza en Grecia indicó su intención de abandonar la política convencional de sus predecesores, e incluso buscó confirmación del electorado a través de un referendo nacional. Pero al final, la amenaza de expulsión de la eurozona impuso una vuelta a la ortodoxia.

En Estados Unidos, el gobierno de Trump y los congresistas republicanos impulsaron un estímulo fiscal en final de ciclo, con rebaja de impuestos y aumento del gasto público en momentos en que la economía estadounidense ya crece a buen ritmo, impulsada por un aumento del consumo y de la inversión de las empresas. Lo normal en una fase avanzada de expansión es que el gobierno trate de crearse margen de maniobra en previsión de una posible contracción futura. Pero en este caso, se optó por aplicar políticas procíclicas, combinadas con una estrategia comercial más confrontativa. No hace falta decir que lo segundo también contradice la ortodoxia económica, que considera que el comercio internacional beneficia a ambas partes y que el proteccionismo es innecesariamente costoso.

En tanto, Turquía también lleva algún tiempo tratando de reescribir el manual de manejo de crisis; y hasta ahora, por lo menos, el gobierno del presidente Recep Tayyip Erdoğan consiguió superar una crisis cambiaria sin grandes subas de tipos de interés ni pedir ayuda financiera al Fondo Monetario Internacional.

Estas estrategias heterodoxas cuestionan de plano la idea habitual respecto del orden temporal de las políticas económicas. Por ejemplo, Italia y Turquía rechazaron aquello de que antes de estimular el crecimiento con medidas fiscales y monetarias primero hay que lograr la estabilidad macroeconómica (o como dice el dicho: la estabilidad macroeconómica no es todo, pero sin ella, no hay nada).

El creciente atractivo de las políticas heterodoxas es resultado directo de años de crecimiento lento e insuficientemente inclusivo, combinados con un aumento de inquietudes por la tríada de desigualdad (de ingresos, de riqueza y de oportunidades). Estos factores redujeron el potencial real y futuro de las economías avanzadas, generaron rechazo en grandes franjas de la población, erosionaron la credibilidad del establishment y de la opinión experta, y dieron sustento a la política de la rabia.

En vez de rechazar sin más esta reacción contra la ortodoxia, los expertos deberían hacer frente a los factores que hay detrás de ella con una mente más abierta. En concreto, es necesario cuantificar con esmero y comunicar con claridad los dilemas implícitos en las estrategias convencionales. Y hay que actualizarlas para un mundo en el que al parecer, la falta de crecimiento se ha convertido en un aspecto estructural para cada vez más economías.

En un mundo de retroalimentación de expectativas y de múltiples equilibrios, intentos cuidadosos de reactivar las economías tal vez faciliten el éxito de reformas estructurales más duraderas. De modo que en el caso de Italia la UE no debería ponerse inflexible. Pero el gobierno italiano también debe demostrar que realmente está decidido a implementar reformas del lado de la oferta que sostengan un mayor crecimiento a largo plazo.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/Bok6rsy/es;

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