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La misión de Israel

JERUSALÉN – Israel es uno de los mayores casos de éxito de los tiempos modernos. Una nación renació gracias a los supervivientes del Holocausto y las comunidades judías desarraigadas que, principalmente mediante la calidad de su capital humano, crearon una economía próspera y una de las agriculturas más innovadoras del mundo y resucitaron una lengua muerta. Además, mantuvieron, contra viento y marea, una democracia que, por imperfecta que sea y por deficientemente que funcione, no deja de estar asombrosamente viva.

Y, aun así, en su sexagésimo aniversario, Israel se encuentra en una encrucijada. De hecho, el Primer Ministro israelí Ehud Olmert ha advertido sobre “el fin del Estado judío”, si el país permanece empantanado en los territorios ocupados y no se crea un Estado palestino.

Las amenazas internas de Israel no son menos apremiantes. La sociedad relativamente homogénea concebida por sus fundadores se ha fragmentado en un tenso mosaico multiétnico que comprende judíos laicos, una minoría árabe marginada, una prolífica comunidad ultraortodoxa que vive de los subsidios estatales, nacionalistas religiosos seguidores de una variedad mesiánica de sionismo, inmigrantes de la antigua Unión Soviética, etíopes marginados y judíos orientales que se esfuerzan por incorporarse a la clase media.

Además, Israel no ha logrado reparar un desequilibrio peligroso: por creativa que sea su economía, la carga del gasto militar está socavando su inversión en educación e investigación científica.