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La ayuda de Israel al terrorismo

NUEVA YORK – La decisión del gobierno del Primer Ministro israelí Benjamín Netanyahu de demoler la casa de la familia de Abdelrahman al-Shaludi, un palestino que embistió con su coche a un grupo de personas, matando a dos (entre ellas un bebé de tres meses), fue cruel y al mismo tiempo contraproducente. Al castigar a gente cuyo único delito era ser familiares de un criminal, sin quererlo Israel hizo que las miradas pasaran de centrarse en un ataque cuyo perpetrador fue eliminado de inmediato a la aparente adopción de una política de castigo colectivo.

Si la preocupación principal de Israel es impedir que se produzcan ataques terroristas, tendría que estar haciendo todo lo posible por asegurarse de que todo el mundo los condene y que sus perpetradores, así como quienes les ayudan e inducen, sean castigados por la vía legal.

Castigar a las familias y los vecinos de los terroristas, o a quienes tienen en común con ellos una identidad étnica o religiosa, trae consigo el efecto opuesto: intensifica la hostilidad hacia Israel y disipa la indignación moral que tendría que movilizarse contra quienes realmente cometen actos terroristas. A medida que los observadores equiparan cada vez más a ambas partes, viéndolas al mismo tiempo como víctimas y victimarios, se va desgastando su apoyo y simpatía hacia Israel.

No es la primera vez que se acusa a Israel de aplicar castigos colectivos: por años su gobierno había destruido de manera regular las casas de las familias de supuestos terroristas antes de reconocer que una política así resultaba dañina para su imagen y no impedía los ataques terroristas. Esta última demolición parece confirmar que, una década después, los está reanudando.