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Para afrontar la crisis del ISIS

NUEVA YORK – Algún día, los historiadores estarán ocupadísimos debatiendo las causas del caos que está apoderándose de gran parte de Oriente Medio. ¿Hasta qué punto –se preguntarán– era la consecuencia inevitable de defectos profundos comunes a muchas de las sociedades y los sistemas políticos de esa región y hasta qué punto se debía a lo que los países exteriores hicieron (o dejaron de hacer)?

Pero somos nosotros quienes debemos afrontar la realidad y las consecuencias del actual desorden de esa región. Comoquiera que llegáramos a donde estamos en Oriente Medio, estamos donde estamos y donde estamos es un lugar muy malo.

Lo que está en juego –humana, económica y estratégicamente– es enorme. Centenares de miles de personas han perdido la vida; millones de ellas se han quedado sin hogar. Los precios del petróleo están bajos, pero, si Arabia Saudí sufriera ataques terroristas o inestabilidad, no seguirían siéndolo. La amenaza a esa región es grande y va en aumento y puede afectar a personas de todas partes cuando los combatientes extremistas regresen a su país y otros que nunca se marcharon sientan la incitación a hacer cosas terribles. De hecho, aunque Oriente Medio afronta numerosas amenazas a su estabilidad, ninguna es tan grande, peligrosa e inmediata como el Estado Islámico.

A quienes se oponen a considerar que el Estado Islámico es un Estado no les falta razón. En muchos sentidos, el EI es un híbrido: en parte movimiento, red y organización. Tampoco se define por la geografía, pero sí que controla territorio, cuenta con unos 20.000  combatientes y tiene un programa, basado en su ideología.