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¿Se ha acabado el sueño europeo?

NUEVA YORK -- ¿Estarían en lo cierto los euroescépticos, a fin de cuentas? ¿Fue el sueño de una Europa unificada –inspirado por los temores a otra guerra europea y sostenido por la esperanza idealista de que los Estados-nación eran algo superado y cederían el paso a unos europeos ejemplares– un callejón sin salida utópico?

En la superficie, la crisis actual de Europa, que, según predicen algunos, romperá la Unión Europea, es financiera. Jacques Delors, uno de los arquitectos del euro, afirma ahora que su idea de una moneda única era buena, pero que su “ejecución” fue defectuosa, porque se permitió a los países más débiles endeudarse demasiado.

Pero la crisis es fundamentalmente política. Cuando los Estados soberanos tienen sus propias divisas, los ciudadanos están dispuestos a aceptar que se transfiera el dinero de sus impuestos a las regiones más débiles. Es una expresión de solidaridad nacional, la sensación de que los ciudadanos de un país están unidos y, en una crisis, están dispuestos a sacrificar sus propios intereses por el bien colectivo.

Incluso en los Estados-nación, no siempre resulta evidente. Muchos italianos del norte no entienden por qué deben pagar por el sur, más pobre. A los opulentos flamencos de Bélgica no les gusta nada tener que mantener a los valones desempleados. Aun así, del mismo modo que los ciudadanos de los Estados democráticos toleran al gobierno que ganó las últimas elecciones, suelen aceptar, en conjunto, la solidaridad económica como parte de su nacionalidad.