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¿El neoconservadurismo está muerto?

El neoconservadurismo ha servido como una insignia de unidad para los que en la administración Bush defienden una política exterior agresiva, un gasto militar masivo, un desdén por el derecho y las instituciones internacionales, un ataque al estado de bienestar y un retorno a los “valores tradicionales”. Así las cosas, cuando la era Bush se extingue en una caída de popularidad en picada y de renuncias de alto nivel, ¿el movimiento neoconservador también se agotó?

El neoconservadurismo comenzó con premisas diferentes de las formas tradicionales de conservadurismo. Como las reformas pueden volverse parte de “nuestro” legado, los conservadores tradicionales pueden adaptarse al cambio, incluso atribuirse el mérito de negociar la conexión entre pasado y futuro. A los partidarios del neoconservadurismo, en cambio, no les preocupa lo que Edmund Burke llamó los vínculos que unen a “los muertos, los vivos y los aún por nacer”. Por el contrario, son revolucionarios o, más bien, “contrarrevolucionarios” empeñados en rehacer a Estados Unidos y al mundo.

De hecho, en un cierto sentido, Irving Kristol, Norman Podhoretz y otros estadistas neoconservadores mayores siguen definidos por el dogmatismo comunista al que pretendían oponerse cuando eran jóvenes trotskistas. La virtud de su “partido” o camarilla no necesita ninguna justificación compleja: representa los “valores norteamericanos”, mientras que los críticos simplemente ofrecen una “excusa objetiva” para los “enemigos de la libertad”.

Hasta los años 1960, los futuros neoconservadores compartían el anticomunismo vehemente del partido demócrata, la aceptación del Movimiento de los Derechos Civiles y el apoyo a las políticas de estado benefactor del Nuevo Trato del presidente Franklin Roosevelt. Expresivamente, el influyente neoconservador Richard Perle dijo en 2003 que seguía siendo un demócrata registrado, por “nostalgia” por Henry “Scoop” Jackson, el poderoso ex senador que encarnaba estos compromisos.