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¿Es Europa inmune al escándalo empresarial?

El reciente acuerdo por el cual las grandes sociedades de cartera liquidarán 1.400 millones de dólares a la Comisión de Vigilancia del Mercado de Valores de los Estados Unidos resume la distorsión de los incentivos y los fallos en materia de supervisión que subyacen a la cadena de espectaculares quiebras empresariales habidas en los últimos años en los Estados Unidos. El reconocimiento de que los analistas de valores falsean deliberadamente sus investigaciones para atraer a los clientes de la banca de inversión revela la facilidad con que el funcionamiento apropiado del sistema de frenos y contrapesos en la dirección de las empresas puede fallar -incluso en el sistema más avanzado- y dejar en peligro a los accionistas minoritarios.

Al fin y al cabo, los gestores son imperialistas por naturaleza, propensos a emprender proyectos de inversión, fusiones y adquisiciones en gran escala. De modo que los bancos de inversión están más que dispuestos a seguirles el juego. El aumento de los precios de las acciones facilita la creación de imperios empresariales y entraña repentinas ganancias en gran escala para los titulares de opciones sobre acciones con información privilegiada. Por esa razón, los gestores se apresuran a adoptar métodos de contabilidad "creativa" que embellecen las previsiones de ganancias, ocultan los riesgos y presentan una lisonjera ejecutoria de aumento de los beneficios. Por último, los gestores, y no los accionistas distantes, son quienes controlan el acceso a los puestos bien pagados y a las lucrativas tareas de asesoramiento. De modo que con frecuencia los nombramientos de los auditores internos y externos se hacen mediante cooptación.

No cabe duda de que los escándalos de las empresas y las sociedades de valores han revelado lagunas en la reglamentación y una deficiente observancia de las prescripciones en materia de transparencia, por ejemplo, o una confianza excesiva en los dictámenes de colegas en el caso de los auditores y en las llamadas "murallas chinas", encaminadas a mantener separadas las actividades de intermediación y de banca de inversiones. Además, las normas contables de los Estados Unidos no han bastado para afrontar los imprecisos límites entre transacciones con reservas extracontables, métodos de financiación estructurada y valoraciones bizantinas de contratos.

La cuestión más profunda es la de si esos problemas se circunscriben a los Estados Unidos y si reflejan la difusa estructura de la propiedad de las empresas típica de ese país. La propiedad difusa, con un gran número de accionistas relativamente pequeños que confían las operaciones diarias de las empresas a gestores independientes, predomina en los Estados Unidos y el Reino Unido. La concentración de la propiedad, con uno o más accionistas mayoritarios, predomina en la Europa continental (y, de hecho, en el resto del mundo).