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Apple, Bruselas y la soberanía herida de Irlanda

ATENAS – A pesar de su inequívoco europeísmo, los irlandeses han sido muy maltratados por la Unión Europea.

Cuando los votantes irlandeses rechazaron el Tratado de Lisboa en 2008, la UE les obligó a volver a votar hasta llegar al resultado “correcto”. Un año más tarde, cuando los bancos privados irlandeses implosionaron, amenazando a sus acreedores privados (principalmente alemanes) con sufrir graves pérdidas, Jean-Claude Trichet, entonces presidente del Banco Central Europeo, “informó” de inmediato al gobierno irlandés de que el BCE cerraría los cajeros automáticos de toda la Isla Esmeralda a menos que los incautos contribuyentes del país las asumieran en lugar de los bancos alemanes.

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Irlanda lo aceptó, su deuda pública aumentó extraordinariamente, la gente volvió a emigrar y el país quedó abatido y desanimado. Puesto que la UE sigue rechazando reducir de manera significativa la deuda con la que deben cargar las generaciones más jóvenes, los irlandeses están convencidos, y con justa razón, de que la UE violó su soberanía para beneficiar a los bancos extranjeros.

La mayor arma del país contra la deflación por el endeudamiento subsiguiente fue su capacidad de atraer a los gigantes tecnológicos estadounidenses,  al ofrecerles una combinación de leyes de la UE, una fuerza de trabajo angloparlante bien capacitada y una tasa de impuestos a las corporaciones de un 12,5%. Si bien las filiales “acorazadas” de los grandes conglomerados tecnológicos globales no tienen un gran impacto positivo sobre los ingresos de los hogares, el establishment de Irlanda se siente orgulloso de sus vínculos con empresas como Apple. Sin embargo, hoy la Comisión Europea está poniendo en peligro la relación especial del gobierno con Apple al exigirle que recupere 13 mil millones de euros ($14,6 mil millones) por concepto de impuestos adeudados por la compañía.

¿Es esta última intervención de la Comisión otro ejemplo de acoso de la UE que viola la soberanía irlandesa? Si comparamos la intervención de Trichet en 2009 con la actual situación con Apple podremos advertir lecciones importantes que van más allá de Irlanda y, de hecho, de Europa.

En los primeros años de la eurozona, las instituciones financieras alemanas canalizaron un torrente de capital hacia los bancos comerciales de Irlanda, que a su vez lo prestaron a promotores inmobiliarios. Se generó así una burbuja de la construcción, con elefantes blancos en el distrito financiero de Dublín: filas tras filas de nuevos edificios en medio de la nada, y una altísima deuda hipotecaria. Cuando después de 2008 estalló la burbuja, los precios del suelo se fueron a pique, las deudas cayeron en impago y los bancos privados irlandeses quedaron en bancarrota.

En una afrenta comparable a la conducta británica durante la Hambruna de la Patata de 1845-52, el BCE instruyó al gobierno a invocar la “estabilidad financiera” para obligar a sus ciudadanos más débiles que pagaran cada euro que la extinta banca privada debía a los acreedores alemanes. Obviamente, la estabilidad financiera no era más que una pantalla de humo: se obligó a los contribuyentes a pagar hasta las deudas de un banco que ya había cerrado (y, por ende, era irrelevante en términos del sistema).

Las raíces del asunto con Apple son más antiguas que el BCE. En 1980, un joven Steve Jobs visitó una Irlanda ansiosa por salir del subdesarrollo. Apple finalmente creó 6000 empleos en el país, a cambio de un muy conveniente acuerdo tributario que le permitía blindar sus ingresos originados en Europa al registrarlos allí. A día de hoy, las utilidades de cada iPhone que se vende en París o Estocolmo (menos sus costes de producción en China) van a su filial Apple Sales International. Como resultado del acuerdo original entre Apple e Irlanda, ASI paga un impuesto minúsculo sobre estas ganancias, que en la práctica quedan exentas del muy bajo impuesto corporativo del 12,5%.

Para que este acuerdo funcionara, también se necesitó la complicidad de la agencia tributaria estadounidense, el Internal Revenue Service (IRS), que normalmente tiene una actitud muy vigilante. Las utilidades de la ASI se originan en los derechos de propiedad intelectual (PI) de Apple, basados en investigación y desarrollo realizados exclusivamente en EE.UU. (la mayor parte con el apoyo de fondos del gobierno federal). En consecuencia, se trata de utilidades que deberían pagar impuestos en Estados Unidos.

Curiosamente, el IRS está optando por no obligar a Apple a pagar impuestos sobre sus utilidades originadas en ingresos por propiedad intelectual con raíces en Estados Unidos. En lugar de ello, Apple cobra a ASI una tarifa simbólica por permitirle beneficiarse de tales derechos, por los cuales paga un bajísimo impuesto al IRS. Mientras tanto, se permite a ASI mantener en Irlanda utilidades que representan cerca de dos tercios de los ingresos por concepto de la venta de cada producto Apple fuera de Estados Unidos. Como resultado, Apple ha amasado reservas de dinero sin impuestos de hasta $230 mil millones.

A diferencia de 2009, el gobierno irlandés ha manifestado su desacuerdo con el último veredicto de la UE sobre Apple, señalando que la política tributaria es privativa de los gobiernos nacionales, no de la Unión. En una reciente carta conjunta a la Canciller alemana Ángela Merkel y los demás 27 gobiernos nacionales de la UE, 185 directores ejecutivos alegaron que, una vez más, la UE se había extralimitado, causando una “herida autoinducida” a Irlanda y la economía de Europa.

Pero se equivocan. No se trata de la soberanía de Irlanda. Apple no se habría asentado en Irlanda de no haber sido por el mercado único de la UE, un bien común para el que se requieren leyes comunes, una de las cuales es que los gobiernos no pueden ofrecer ayuda a algunas compañías y no a otras.

Supongamos por ejemplo que el gobierno griego, buscando atraer 6000 empleos para su marchita economía, ofreciera a Apple un subsidio de 110.000 euros al año por cada puesto, lo que equivale a 660 millones de euros. A lo largo de dos décadas, el subsidio llegaría a poco más de 13 mil millones de euros. Si la UE permitiera a Apple ofrecer este tipo de trato, los demás estados miembro de la UE se rebelarían, entre ellos Irlanda.

Supongamos además que el gobierno griego propusiera perdonar a Apple 20 años de sus impuestos corporativos por todos los ingresos percibidos en el resto de Europa pero registrados en Atenas, digamos que por 13 mil millones de euros. La Comisión Europea tendría el deber de proteger el bien común europeo y exigir a Grecia que recuperara de inmediato esa suma, exactamente lo que hoy le exige a Irlanda.

Cada vez que la UE se comporta como un usurpador colonial, como lo hizo en 2009, socava la legitimidad de sus acciones buenas y adecuadas y reafirma la “Internacional Nacionalista” xenófoba y antieuropea. Para deleite de Vladimir Putin y Donald Trump, los únicos beneficiados de Europa son los partidarios aislacionistas del Brexit, la ultraderechista Alternativa para Alemania, el Frente Nacional francés, y los gobiernos antiliberales de Polonia, Hungría, Croacia y demás.

Es sencilla la lección de comparar la intervención de Trichet en 2009 con la actual postura de la Comisión Europea sobre Apple: el verdadero enemigo de los europeos es que unos pocos vayan por libre a costa de los demás. Sin instituciones comunes, los europeos no pueden defenderse de la explotación y las prácticas antisociales que las grandes empresas y sus agentes políticos presentan como sentido común económico.

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Trichet puso en peligro la soberanía de Irlanda al facilitar que los contribuyentes irlandeses tuvieran que cargar con las pérdidas que debían asumir los bancos alemanes. Como retribución, el BCE debería asumir parte de la deuda pública irlandesa. Pero la UE no debe permitir a Irlanda que abuse del bien común europeo al ofrecer a Apple un trato que ningún otro estado miembro podría ofrecer. La respuesta adecuada a las injusticias del pasado es recobrar la soberanía en una Europa donde se impida que los poderosos (sean los bancos alemanes o fabricantes de móviles estadounidenses) se enriquezcan a costa de los débiles.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen