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La defensa de un Irak dividido

OXFORD – Estados Unidos y sus aliados enfrentan otro gran desafío político en Irak. Los bombardeos contra el Estado Islámico podrán desalojarlo de áreas vitales, pero para mantener y gobernar el territorio liberado se necesitarán tropas.

Proteger Irak demanda pues la presencia de una fuerza formidable en el terreno; por eso la estrategia del presidente estadounidense, Barack Obama, incluye reconstruir el ejército iraquí. Pero eso implica superar tres obstáculos relacionados: la inexperiencia militar de la dirigencia iraquí; la corrupción y el favoritismo; y la falta de certezas sobre el nivel de apoyo externo.

Cuando un estado implosiona, sus elementos constitutivos pueden heredar fuerzas armadas con capacidad suficiente para mantener cierta gobernabilidad. Esto vale sobre todo cuando la caída del estado se debe a conflicto armado, en cuyo caso la estabilidad depende de permitir a los jefes militares más capaces seguir en sus puestos.

Pero a menudo la fragmentación de un estado es la consecuencia no deseada de la presencia de una fuerza de apoyo externa. Por ejemplo, tras la partición de Vietnam después de la derrota de Francia en Dien Bien Phu (1954), el último presidente vietnamita no comunista, Ngo Dinh Diem, consiguió el apoyo militar estadounidense; pero los enormes niveles de corrupción durante su gobierno y los de sus sucesores apoyados por Estados Unidos, sumados al reemplazo de los comandantes más competentes por secuaces de Diem, provocaron la derrota del ejército survietnamita.