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El inicio de un paso en Irak

La relativamente exitosa elección en Irak es una victoria muy importante para la democracia, pero no necesariamente para la reforma liberal en el Medio Oriente.

Esta es una distinción importante. Las fuerzas antidemocráticas que intentaron impedir que la gente votara allí eran grupos terroristas árabes sunitas, que abarcan desde partidarios de la dictadura del depuesto Saddam Hussein hasta seguidores del islamismo extremista de Osama bin Laden. Como los árabes sunnitas, que constituyen menos del 25% de la población, sabían que no podrían ganar una elección democrática, muchos de sus líderes alentaron un boicot.

En contraste, el 75% de la población de Irak está compuesta por árabes musulmanes chiítas, que saben que controlarán el nuevo régimen, y por kurdos, que desean autonomía local. Así, una amplia mayoría de la población tenía la certeza de que un gobierno democráticamente electo serviría a sus intereses, y participó ansiosamente en las urnas. Más aún, los clérigos chiítas ordenaron votar a sus fieles, incluidas las mujeres, advirtiéndoles que permanecer en sus casas el día de las elecciones era pecado.

Pero si la elevada asistencia, pese a estar fundada más en el propio interés comunitario que en la fe en la democracia, fue la buena nueva de la elección iraquí, la mala es el liderazgo elegido, que no tiene una orientación democrática. Los partidos reformistas liberales que intentaron trascender las identidades comunitarias y apelaron a la totalidad de los iraquíes no lograron buenos resultados. La coalición victoriosa se alinea tras el Ayatollah Alí Sistani, que puede ser descrito como un islámico moderado, pero muchos de sus miembros sostienen una posición extrema. En el futuro, especialmente después de que Sistani muera (tiene 74 años), el nuevo régimen podría convertirse en una tiranía.