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Las mujeres y la teocracia iraní

PRINCETON – Mi abuela fue una de las primeras mujeres que estudió matemática y física en la Universidad de Viena. Cuando se graduó, en 1905, la universidad la nominó para recibir su más alto galardón, que se destacaba por la entrega de un anillo grabado con las iniciales del emperador. Pero antes de ella, ninguna mujer había sido nominada para recibir ese honor, y el emperador Francisco José se negó a otorgarle el premio.

Ya pasó más de un siglo, y uno tiende a suponer que a estas alturas, la creencia en que las mujeres no son idóneas para disfrutar de los niveles educativos más altos en cualquier disciplina debería ser cosa del pasado. Resulta por tanto muy preocupante la noticia de que más de 30 universidades iraníes han prohibido la inscripción de mujeres en más de 70 cursos, que incluyen temas como ingeniería, física nuclear, informática, literatura inglesa, arqueología y administración de empresas. Según Shirin Ebadi, abogada y activista de derechos humanos iraní galardonada con el premio Nobel de la Paz, las restricciones son parte de una política del gobierno tendiente a limitar las oportunidades de las mujeres fuera del hogar.

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Estas prohibiciones encierran mucha ironía, ya que según la UNESCO, Irán es el país con la mayor proporción de mujeres en los padrones universitarios. El año pasado, de todos los estudiantes que aprobaron los exámenes universitarios, las mujeres constituyeron el 60%; además, les fue muy bien en disciplinas tradicionalmente dominadas por los varones, como la ingeniería.

Tal vez haya sido precisamente su éxito (y el lugar que las mujeres educadas ocupan en la oposición a la teocracia iraní) lo que llevó al gobierno a intentar revertir la tendencia. Se da el caso ahora de mujeres como Noushin (una estudiante de Isfahán que contó a la BBC que deseaba convertirse en ingeniera mecánica) que no pueden concretar sus deseos, a pesar de que obtuvieron notas altas en los exámenes de ingreso.

Según algunos, el ideal de la igualdad entre los sexos representa un punto de vista de una cultura en particular; además, dicen, los occidentales no deberíamos tratar de imponer nuestros valores a otras culturas. Es cierto que hay textos islámicos que afirman, de uno u otro modo, la superioridad de los hombres respecto de las mujeres; pero también hay textos judíos o cristianos del mismo tenor. Por otra parte, el acceso igualitario a la educación es un derecho garantizado por varias declaraciones y tratados internacionales, por ejemplo la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que ha sido suscrita por casi todos los países (incluido Irán).

La discriminación contra las mujeres es parte de una pauta más amplia de trato diferencial que exhiben las instituciones iraníes y que afecta especialmente a quienes no son musulmanes o miembros de alguna de las tres religiones minoritarias reconocidas por la Constitución de Irán (zoroastrismo, judaísmo y cristianismo). Por ejemplo, para inscribirse en una universidad iraní, es obligatorio declararse creyente de una de las cuatro religiones reconocidas: las universidades no aceptan ateos, agnósticos o miembros de la comunidad bahaísta de Irán.

¿Cómo reaccionaríamos si alguien tratara de justificar la discriminación racial con el pretexto de que imponer la cultura propia en otras sociedades no está bien? No olvidemos que durante muchos años, era “cultura” en algunas partes de Estados Unidos que los afrodescendientes tuvieran que sentarse en la parte trasera de los autobuses y asistir a escuelas, hospitales y universidades segregados. La “cultura” en Sudáfrica, durante el apartheid, era que los negros vivieran separados de los blancos y que accedieran a oportunidades educativas distintas (e inferiores). Mejor dicho: todo esto era la cultura de los blancos que entonces ejercían el poder en esos lugares.

Lo mismo pasa en Irán, país gobernado exclusivamente por varones musulmanes. En 2009, el ayatolá Alí Jamenei, líder supremo del país, convocó a la “islamización” de las universidades, lo que provocó modificaciones curriculares y el reemplazo de algunos miembros de los planteles docentes con personajes más conservadores. Hace dos meses, Jamenei dijo que los iraníes deben regresar a los valores tradicionales y tener más hijos (algo que tendría consecuencias obvias respecto del lugar de las mujeres en la sociedad, por no hablar del impacto medioambiental).

En este momento rigen contra Irán sanciones internacionales cuyo objetivo es impedir que el régimen fabrique armas nucleares, pero nada dicen de convencerlo de que ponga fin a la discriminación por motivos de género o religiosos. No hay boicots generalizados contra las universidades iraníes ni contra otros productos del país, como sí los hubo contra Sudáfrica en la época del apartheid. Parece que la discriminación sexual y religiosa todavía nos importa menos que la discriminación racial o étnica.

Puede ser que se deba a que nos resulta más fácil aceptar la existencia de una relación entre las diferencias biológicas entre mujeres y hombres y las funciones que cada grupo cumple en la sociedad. Estas diferencias existen y no son puramente corporales, así que no deberíamos apresurarnos a concluir que si la mayoría de los ingenieros son hombres, es porque hay discriminación contra las mujeres: puede ser que la ingeniería atraiga más a los hombres que a las mujeres.

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Pero de allí a que las mujeres que sí quieren ser ingenieras y que están calificadas para estudiar ingeniería vean que se les niega la oportunidad de alcanzar sus metas hay un largo trecho. Al impedir expresamente la inscripción de mujeres en cursos abiertos a los hombres, Irán adoptó una medida tan indefendible como la discriminación racial, y que merece ser condenada con el mismo vigor.

Traducción: Esteban Flamini