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Una victoria tardía para la no proliferación

LONDRES – Hay que elogiar a quienes realmente se lo merecen. A pesar de todas las críticas que enfrentaron, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y su secretario de Estado, John Kerry, se abocaron tenazmente a la tarea de negociar un acuerdo con Irán para limitar su programa nuclear. Junto con representantes del Reino Unido, Rusia, China, Francia y Alemania, finalmente lo han logrado.

Los principales términos de este acuerdo histórico, concluido en contra de los deseos de la oposición en Israel, los competidores regionales de Irán (particularmente Arabia Saudita) y la derecha política en Estados Unidos, pretenden controlar las actividades nucleares de Irán de manera que la capacidad civil no se pueda transformar rápidamente en capacidad armamentista. A cambio de inspecciones y un monitoreo de los sitios nucleares, se levantarán las sanciones económicas internacionales que le fueron impuestas hace años a Irán.

Este es un momento importante en la era nuclear. Desde 1945, la aterradora fuerza destructiva de las armas nucleares ha llevado a los líderes políticos a buscar maneras de controlarlas.

No mucho tiempo después de la destrucción de Hiroshima, el presidente Harry S. Truman, junto con los primeros ministros de Canadá y el Reino Unido, propusieron el primer plan de no proliferación; todas las armas nucleares serían eliminadas y la tecnología nuclear para fines pacíficos sería compartida y supervisada por una agencia de las Naciones Unidas. La iniciativa de Truman luego fue un poco más allá y abarcó la mayoría de las cuestiones de no proliferación que todavía discutimos al día de hoy.