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El Irán, Turquía y las calles no árabes

PRINCETON – Para un observador occidental, la política de Oriente Medio ha vuelto a estar totalmente transtornada. Los ulemas teocráticos permitieron la elección de Hasán Ruhaní, quien en su primer discurso como Presidente electo anunció que la suya es “la victoria de la sensatez, la moderación y la conciencia sobre el fanatismo y el mal comportamiento”.

Los iraníes, al parecer sorprendidos de que el candidato al que una mayoría de ellos había respaldado (frente a seis intransigentes) hubiera ganado, salieron en masa a las calles a gritar victoria “para el pueblo”. Desde luego, fueron unas elecciones cuidadosamente controladas: todos los candidatos que podrían haber desafiado de verdad la autoridad del Dirigente Supremo Ayatolá Alí Jamenei quedaron descalificados de antemano, pero, dentro de esos límites, el Gobierno permitió el recuento de los votos del pueblo.

En el país vecino, Turquía, el demócrata islámico favorito de Occidente, el Primer Ministro Recep Tayyip Erdoğan, estaba utilizando máquinas topadoras, gases lacrimógenos, cañones de agua y pelotas de goma para desalojar la céntrica plaza Taksim de Estambul y el parque Gezi de manifestantes pacíficos que se negaban a obedecerlo. La teoría de gobierno de Erdoğan parecer ser la de que, como fue elegido por una mayoría de turcos que sigue apoyándolo, quienquiera que se oponga a él es un terrorista o un peón de siniestras fuerzas extranjeras. Parece no ver margen alguno para la oposición legítima, para la idea de que la mayoría actual puede ser la minoría futura y las reglas del juego deben permitir que se oiga a las dos.

Cuando, hace cuatro años, centenares de miles de jóvenes iraníes invadieron las calles de Teherán para protestar contra la reelección del Presidente saliente, Mahmoud Ahmadinejad, el Gobierno del Irán disparó contra ellos con armas de fuego. Las protestas fueron reprimidas brutalmente y se detuvo, se encarceló y, al parecer, se violó y se torturó a participantes en las manifestaciones, lo que perjudicó la reputación del régimen no sólo entre los iraníes, sino también entre los millones de jóvenes árabes de todo Oriente Medio y África del Norte, que no tardarían en alzarse para exigir derechos sociales y políticos.