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La innovación no es suficiente

CAMBRIDGE – Parece que vivimos una era acelerada de avances tecnológicos revolucionarios. Casi no pasa un día sin el anuncio de alguna novedad importante en inteligencia artificial, biotecnología, digitalización o automatización. Pero quienes supuestamente deberían saber a dónde nos lleva todo esto no logran ponerse de acuerdo.

En un extremo del espectro están los tecnooptimistas, para quienes estamos en los albores de una nueva era que traerá mejoras espectaculares de los niveles de vida en todo el mundo. En el otro extremo están los tecnopesimistas, que viendo las decepcionantes estadísticas de productividad aseguran que el beneficio económico a gran escala de las nuevas tecnologías será limitado. Y hay otros (¿tecnopreocupados?) que coinciden con los optimistas respecto de la escala y el alcance de la innovación, pero se inquietan por las consecuencias adversas en materia de empleo o equidad.

La discrepancia no es tanto sobre el ritmo de innovación tecnológica. ¿Quién puede dudar seriamente de la velocidad con que avanzan las innovaciones? Lo que está en debate es la difusión que tendrán: ¿quedarán confinadas a unos pocos sectores tecnointensivos que emplean a los profesionales más capacitados y suponen una cuota relativamente pequeña del PIB, o se extenderán al grueso de la economía? Las consecuencias de cualquier innovación respecto de la productividad, el empleo y la equidad dependen en última instancia de la rapidez con que se difunda a los mercados laborales y de productos.

La difusión tecnológica puede enfrentarse a restricciones, tanto en el lado de la demanda como en el de la oferta. Comencemos por la demanda. En las economías ricas, los consumidores gastan la mayor parte de sus ingresos en áreas como atención médica, educación, transporte, vivienda y bienes de consumo. Hasta ahora, la innovación tecnológica tuvo un impacto relativamente menor en muchos de esos sectores.