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Desigualdad y descontento

En los dos últimos decenios, el mundo en conjunto se ha hecho más rico, pero, mientras que algunas economías nacionales han avanzado enormemente, otras han quedado muy rezagadas. El aumento de la riqueza total no ha propiciado la abolición –ni la reducción siquiera— de la pobreza.

Lo mismo se puede decir en gran medida de lo sucedido dentro de los países. En casi todas partes, la mundialización ha producido a un tiempo una nueva clase de multimillonarios y una clase marginada compuesta de personas que no sólo son pobres en el sentido estadístico de ganar menos de la mitad de la media nacional, sino que, además, están excluidos de las oportunidades que en teoría están al alcance de todos. El dinamismo de la mundialización ha beneficiado a muchos, pero también ha aumentado la desigualdad.

¿Es eso necesariamente malo? Muchos piensan que sí. En realidad, países enteros tienen una predisposición igualitaria intrínseca. Les desagradan los dirigentes empresariales que se llevan a casa sumas enormes incluso cuando fracasan y detestan ver entre ellos a pobres y excluidos.

Pero, si bien es cómodo vivir en el mundo socialdemócrata de Escandinavia, Alemania y otros países europeos, muchos de ellos han adquirido su igualdad a crédito con cargo a generaciones futuras.