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India deja de poner la otra mejilla

NUEVA DELHI – Durante dos y media décadas, Pakistán ha aplicado una política que implica infligir a la India la “muerte de los mil cortes” – es decir, procede a desangrar al país a través de repetidos ataques terroristas, en lugar de intentar una confrontación militar abierta que no puede ganar contra la India debido a que este país tiene fuerzas convencionales superiores. La lógica es que la respuesta de la India a esta táctica iría a ser siempre atemperada por su deseo de no descarrilar sus ambiciosos planes de desarrollo económico, así como la negativa del gobierno de la India con respecto a hacer frente al riesgo de una guerra nuclear.

Pero este patrón predecible y repetitivo de relaciones entre India y Pakistán se vio interrumpido repentinamente el 29 de septiembre, cuando el Director General de Operaciones Militares (DGMO) de la India, Teniente General Ranbir Singh, anunció que comandos indios habían llevado a cabo “ataques quirúrgicos” a través de la Línea de Control (LdC) en Cachemira, la frontera internacional de facto entre los dos países. El DGMO declaró que los ataques, durante las primeras horas de la mañana, habían destruido “plataformas de lanzamiento” de operaciones terrorista y que se había eliminado a un número importante de militantes a punto de cruzar la frontera para perpetrar ataques contra el lado de la India, así como también se eliminó a algunos que los protegían (presumiblemente se hizo referencia a soldados paquistaníes).

El público de la India y clase política notoriamente díscola del país reaccionaron con gran orgullo frente a la noticia, alabando unánimemente la acción decidida e indicando que la misma debería haberse realizado ya mucho tiempo atrás. Durante el cuarto de siglo anterior, los ciudadanos de la India habían visto con impotencia como sus intentos de lograr la paz con su beligerante vecino dominado por militares habían colapsado varias veces, gracias a los ataques terroristas provenientes de Pakistán que el gobierno de Islamabad aparentemente no podía o no quería evitar.

El más horrible de estos ataques, las acometidas en varios lugares de Bombay, que comenzaron el 26 de noviembre de 2008, mataron a 166 civiles inocentes. Sin embargo, la India limitó su respuesta a la acción diplomática. Este ejercicio de “moderación estratégica” de cara a las agresiones repetidas de Pakistán – en parte con el fin de no provocar una guerra abierta y plena con su vecino poseedor de armas nucleares – había dejado a muchos ciudadanos de la India hirviendo en impotente furia. Les parecía que los terroristas paquistaníes podían atacar a su antojo en la India, debido a que la renuencia del gobierno a devolver los golpes garantizaba la impunidad de los asesinos.