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¿La Hillary Clinton de la India?

Mientras los norteamericanos debaten su disposición a aceptar a una mujer como Hillary Clinton como presidente, la India ya lo hizo, con la elección de Pratibha Patil. Si bien la presidencia de la India es esencialmente un cargo ceremonial que conlleva menos peso que el de primer ministro (el cargo que alguna vez ejerció Indira Gandhi), es importante desde un punto de vista simbólico. Sonia Gandhi, la líder del gobernante Partido del Congreso, que presionó intensamente para promover la candidatura de Patil sobre todo por cuestiones de género, llama a esta elección “un momento especial para las mujeres de todo el país”.

Es más, la India puede estar orgullosa del hecho de que los dos últimos presidentes pertenecían a poblaciones minoritarias –uno, a la más baja de las castas (Harijan, antes conocidos como los “intocables”); el otro, a la comunidad musulmana.

Como hija de una mujer que luchó por los derechos de las mujeres durante el movimiento de independencia y fue instrumental en el inicio de una de las primeras instituciones de mujeres en la India, debería sentir una genuina sensación de orgullo por la elección de Patil. Pero, en el mejor de los casos, tengo emociones encontradas.

Los dos últimos presidentes de la India se habían distinguido en carreras profesionales antes de ser electos –uno en el Servicio Exterior y el otro en física nuclear- y sus reputaciones eran irreprochables. Patil, en cambio, es una figura polémica, con calificaciones cuestionables. La mayoría de los principales medios de la India destacaron cargos de corrupción e ineptitud en sus coberturas de la historia. Una publicación muy prestigiosa incluso consideró “vergonzosa” la elección de Patil.