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Cómo sobrevive el sistema de castas de la India

NUEVA DELHI – El 17 de enero, Rohith Vemula, estudiante de doctorado en la Universidad de Hyderabad, en el estado Telangana de la India, se ahorcó. Incluso en un país con 1200 millones de personas, una única muerte puede tener un gran impacto.

Vemula era un dalit —un miembro de los que alguna vez fueron conocidos como «intocables»—, la casta hindú de menor categoría. También era líder de la Asociación Estudiantil Ambedkar en la Universidad de Hyderabad, dedicada a aumentar los derechos de los dalit. Con su muerte, Vemula logró algo que nunca pudo haber imaginado: se convirtió en un héroe nacional y su tragedia es un emblema de la tóxica duración de las castas en la narrativa del desarrollo de la India.

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A diferencia de lo que ocurre con las razas, las castas son invisibles: el rostro de una persona no las refleja. Sin embargo, mantienen un poderoso dominio sobre la sociedad india, limitando las oportunidades disponibles en todas las etapas de la vida. Ser un dalit implica llevar un estigma invisible que afecta las interacciones diarias. La muerte de Vemula ha recordado otra vez a los indios que más de 300 millones de personas que pertenecen a las castas inferiores, al igual que los habitantes originales o «tribus de la India», aún sufren discriminación, perjuicios, hostilidad e incluso violencia en cada peldaño de la escalera social.

Ciertamente, el gobierno indio ha hecho esfuerzos significativos para enmendar la situación. Nueve días después de la muerte de Vemula, la India celebró el 66.° aniversario de la adopción de su constitución, que buscaba combatir la rígida estratificación social del país, con el primer y más exhaustivo programa de acción afirmativa del mundo. No solo se garantizaba la igualdad de oportunidades para ciertas castas y tribus, sino también los resultados positivos con la ayuda de cuotas en instituciones educativas, empleos gubernamentales, e incluso bancas en el parlamento y las asambleas estatales.

Estas cuotas o «reservas» se otorgaban de acuerdo con las (supuestamente inmutables) castas de la gente. Fue un pequeño paso para compensar a los millones de desafortunados que sufrieron diariamente injusticias y humillaciones por ser «intocables».

Durante los últimos 66 años, los políticos han mantenido un fuerte compromiso con la acción afirmativa. Aunque inicialmente se suponía que llegarían a su fin 10 años más tarde, las reservas se han extendido durante 70 años y se sabe que serán renovadas nuevamente cuando llegue el momento en 2020. Las cuotas continúan siendo el «tercer riel» de la política India: quien las toca lo hace por su cuenta y riesgo.

Sin embargo, los dalit se sienten apenas un poco mejor que sus desdichados antepasados y, de hecho, continúan a la zaga de las castas avanzadas en términos de todos los indicadores socioeconómicos, desde los niveles educativos al ingreso familiar.

Vemula fue admitido en su universidad por mérito, no a través del sistema de reservas. Sin embargo, enfrentó todos los prejuicios que hubiera recibido cualquier dalit. Dejó una apasionada carta donde resumió el maltrato que sufrió a manos de una administración universitaria insensible y burocrática. La última humillación fue la denegación de una beca de la que dependía no solo para su propio sustento, sino también para el de su madre, quien lo crió sola: un castigo por su activismo político. De hecho, intensificando el patetismo de su carta, solicitó que parte del dinero que la universidad le debe se pague a su familia para cubrir deudas que asumió porque se le negó la beca. Claramente, las reservas de empleos en el sector público y de vacantes universitarias no lograron por sí solas poner fin a la discriminación.

La muerte de Vemula desató una oleada de protestas públicas; los líderes políticos se concentraron en Hyderabad para sumar sus voces al creciente clamor, no solo contra la universidad, sino contra el gobierno —especialmente el primer ministro Narendra Modi, quien se mantuvo silencio durante casi una semana después de la tragedia—. Finalmente, Modi habló con emoción en la Universidad Babasaheb Bhimrao Ambedkar, en Lucknow (llamada así en honor a un icónico líder dalit que presidió el Comité de Redacción de la Constitución), suplicando que no se politizara la cuestión: «La política tiene su lugar, pero una madre ha perdido a su hijo».

Sin embargo la política es parte integral de los problemas destacados por la tragedia. El primer primer ministro de la India, Jawaharlal Nehru, esperaba que la conciencia de las castas se marchitase después de la independencia, pero ocurrió lo opuesto. Debido a que las castas son una fuente tan poderosa de identificación personal, resultaron una útil herramienta para la movilización política en la democracia electoral india: cuando los indios votan, demasiado a menudo votan a su casta. Otorgar concesiones a las diversas castas resultó una importante táctica de los políticos indios para obtener votos.

Para eliminar la discriminación y las humillaciones que enfrentan los miembros de sus castas inferiores, la India debe superar la política de la identidad y centrarse en metas de desarrollo y desafíos socioeconómicos más amplios. No será fácil, especialmente porque los indios compiten por oportunidades escasas en una tierra sobrepoblada. Mientras los perjuicios continúen existiendo, los políticos continuarán explotándolos en la polémica democracia india.

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El 30 de enero marcó el 68 aniversario del asesinato de Mahatma Gandhi, que no luchó meramente por la independencia, sino también por una India más justa, equitativa y moral. El país debe encontrar en la tragedia de Vemula un recordatorio de lo fundamentalmente necesario que es volver a dedicarnos a los ideales de Gandhi, para que los brillantes estudiantes dalit no se vean empujados a la desesperación, o a algo peor. Tal vez sea una esperanza piadosa, pero es la verdadera base de la nación India.

Traducción al español por Leopoldo Gurman.