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En busca de vampiros

En los cuentos populares de la Europa oriental, los vampiros son unos chupasangres nocturnos que se han alzado de entre los muertos. Conocemos la apoteosis de esos seres, Drácula, como vampiro de Transilvania, una persona parecida a un murciélago con largos colmillos y que permanece tumbada en un ataúd durante el día y muerde nucas y bebe sangre para mantenerse.

Pero, ¿por qué sabemos cosa alguna sobre Drácula y los vampiros? ¿Por qué y cómo creció un mito regional hasta llegar a ser uno de los elementos más resistentes de la cultura occidental?

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El Drácula histórico, Vlad Tepes, no fue un vampiro. Vlad nació en 1431 y reinó intermitentemente a partir de 1448 como Príncipe Voivoda de Valaquia, la parte septentrional de la actual Rumania, y tuvo enfrentamientos periódicos con el Imperio otomano, el rey Matías Corvino de Hungría y las ciudades sajonas de Transilvania. Aunque logró importantes victorias sobre los otomanos, Corvino lo hizo prisionero y murió en 1477 en un nuevo combate con las tropas otomanas.

Vlad recibió el apodo "Draculea" -derivado de "dragón"- de su padre. Escrito de otro modo -"Dragolea"-, ese nombre significa "de amor" o "el encantador"... no precisamente apropiado para un hombre que adquirió el poco encantador hábito de empalar a sus enemigos, de lo que se derivó el apodo "Tepes" ("el Empalador").

Ya durante su vida circulaban las noticias sobre el cruel método de Vlad -que no era inhabitual en aquella época- y probablemente Corvino atribuyó a su brutalidad un cariz particularmente sangriento. La campaña de propaganda contra Vlad tuvo mucho éxito y satisfizo la sed del público de sensaciones con imágenes gráficas del sanguinario y empalador príncipe.

Particularmente en Occidente, se han reavivado esas imágenes para demonizar a los europeos orientales. Desde el siglo XVI, el zar Iván IV -Iván el Terrible- recibió el nombre de "Drácula ruso". Asimismo, la condesa Elizabeth Báthory de la Transilvania húngara y del siglo XVII, quien torturaba a mujeres jóvenes hasta la muerte y creía en el poder curativo que representaba bañarse en su sangre, contribuyó a la idea concebida en Occidente de la Europa oriental como el corazón de las tinieblas del alma humana.

En el siglo XVIII el público europeo fue presa repetidas veces del pánico a los vampiros. En 1732, recorrió el continente la noticia de que un hombre muerto de un pueblo serbio mató a otros por la noche. Tras exhumar su cadáver, se descubrió que no se había descompuesto. Le atravesaron el corazón con una estaca y quemaron su cadáver. Poco después se exhumaron otros cadáveres en diversos lugares de Europa y se descubrió que se habían conservado de forma similar, lo que originó una literatura que examinó rigurosamente, entre otras cuestiones, la relación entre los vampiros y los murciélagos, las mariposas y los cuervos.

Pero el desarrollo paralelo de la ciencia respaldó los propósitos de desenmascarar semejante "superstición". En 1755, la monarquía absoluta ilustrada de Viena actuó. La emperatriz María Teresa prohibió las creencia en vampiros y ordenó un examen exhaustivo de las posibles razones naturales para semejantes acontecimientos fuera de lo común, así como las causas reales de la muerte. Según la ciencia del siglo XVIII, los vampiros no eran otra cosa que el producto del delirio de las víctimas.

El espíritu científico encontró un aliado táctico en la Iglesia católica, según la cual la creencia en los vampiros mancilla la resurrección de Jesús. Esa posición abrió también otro frente en la lucha de la Iglesia contra el cristianismo ortodoxo de la Europa oriental, lo que prestó apoyo teológico a los mitos relativos a los vampiros mediante la doctrina de que los cadáveres no descompuestos no podían ir al Cielo y podían ser revivificados por el diablo.

Según la doctrina católica y también la científica, quien creía en los vampiros era considerado supersticioso y condenado por ignorante. De modo que, en una época en que la Europa oriental empezó a afianzarse en la percepción de Occidente, lo hizo como bastión de la herejía que se había de "civilizar".

Pero, tras haber desacreditado el mito de los vampiros, los intelectuales occidentales lo recrearon. Voltaire atribuyó la imagen de los vampiros chupasangres a los especuladores, los comerciantes, los reyes y los monjes. A partir de ahí, se podía ampliarla a los capitalistas, los judíos, las mujeres -la vampiresa- y los políticos.

Ahora bien, no se pudo acabar con los miedos irracionales y los deseos secretos de la gente. En Occidente, el ocultismo surgió como reacción ante la fe de la Ilustración en la ciencia, ayudado por varios profesionales médicos que afirmaban la existencia real de los vampiros. A partir de 1820 se popularizaron obras literarias en las que personas que cometían actos crueles y sangrientos quedaban transformadas en vampiros.

Vlad Tepes fue transformado en un vampiro por el más famoso de esos relatos: la novela Drácula de Bram Stoker en 1897. Stoker investigó intensamente los mitos sobre los vampiros y recibió la influencia de libros de historia y descripciones de viajes y del orientalista húngaro Ármin Vámbéry. Vinculó las diversas corrientes del mito popular con caracteres históricamente espantosos para cimentar la asociación de la Europa oriental con el obscurantismo y las tinieblas en la imaginación popular de Occidente. Visto sobre ese fondo -y con Gran Bretaña en su pináculo-, Occidente se erigió en la sede de la razón universal.

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La creencia en los vampiros en las sociedades de la Europa oriental sirvió a sus propios fines históricos: uniendo comunidades e identificando a los elementos foráneos, dando forma concreta a los miedos inspirados por la muerte, explicando acontecimientos misteriosos y, por último -y no se trata de lo menos importante-, brindando un medio de resistencia a la penetración de las ideas y las formas de pensamiento occidentales.

Si la idea de Drácula y los vampiros nos da escalofríos, es que el mito de los vampiros sigue desempeñando sus funciones para nosotros: como una proyección de nuestros miedos e incertidumbres, deseos sexuales, animosidades personales y de grupo y anhelo de disolución de la estructura de la sociedad. En última instancia, la obscuridad espiritual y el pavor existencial que hemos asociado a la Europa oriental son una simple extensión de los nuestros.