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Elogio del euroescepticismo

BRUSELAS – La UE carece de una estrategia coherente sobre muchas cuestiones. Sólo tiene políticas económicas fragmentarias con Rusia y ambiciones, pero no un plan, con vistas a participar en las políticas relativas a Oriente Medio y, pese a su iniciativa original respecto del Protocolo de Kyoto, carece de un programa sobre el cambio climático que lo suceda y la cuestión más importante de todas –cómo abordar a China, la India y otros gigantes del futuro- apenas ha recibido atención de los encargados de la adopción de decisiones en el nivel de la UE.

Esas cuestiones requieren atención ahora y un elemento de la búsqueda por parte de la UE de nuevas estrategias mundiales debe ser la de solicitar –en lugar de evitar– las críticas de sus actividades. Para que la UE deje de mirarse el ombligo y mire al horizonte, debe conciliar las muy diferentes opiniones que existen a lo largo de Europa sobre su papel en el mundo y sus intereses fundamentales, lo que significa abordar los matices de la opinión pública que la Comisión Europea y el Parlamento Europeo consideran “euroescépticos”.

Naturalmente, la presión contraria es la de que los funcionarios de la UE no se sienten queridos ni apreciados. Hay una actitud casi de baluarte entre muchos funcionarios superiores, quienes temen que, si se avivan las llamas del disenso entre los votantes de Europa, podría llegar un día en que desbarataran la unidad de Europa.

El euroescepticismo representa todo lo que desagrada a los eurócratas. Les preocupa que los políticos y los periodistas que se oponen a sus estrategias en pro de una unión económica y política más estrecha lleguen a inclinar la balanza de la opinión pública en contra de la UE. Los políticos euroescépticos elegidos como diputados al Parlamento Europeo reciben el trato desdeñoso que los creyentes fieles reservan para el infiel.