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Rompiendo el hielo en el Mar de la China Meridional

MANILA – Hace tres meses, la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya dictaminó que no había ningún sustento legal para que China reclamara derechos históricos sobre los recursos del Mar Occidental de Filipinas (también conocido como Mar de la China Meridional) y, en consecuencia, que las Filipinas tienen derechos exclusivos sobre el territorio. China rechazó la sentencia, y un frío glacial empañó la relación bilateral alguna vez amistosa. Es hora de recuperar cierta cordialidad.

Poco después del dictamen, el presidente filipino, Rodrigo Duterte, inesperadamente me designó, a los 88 años, como enviado especial de mi país a China, con ese simple objetivo. Gracias a banqueros de Hong Kong (incluido mi amigo personal Wai Sun Ng de Jibsen Capital), mi primer punto de contacto fue Fu Ying, que se desempeñó como embajadora de China ante las Filipinas y como viceministra de Relaciones Exteriores.

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Fui afortunado de conocer a Fu, que ahora es presidenta del Comité de Asuntos Exteriores del Congreso Nacional Popular. No sólo posee un conocimiento detallado de las cuestiones en torno al Mar de la China Meridional/Mar Occidental de Filipinas, sino que también está muy bien informada sobre la cultura y la política filipinas. En nuestra primera reunión exploratoria, también hice contacto con Wu Shicun, presidente del Instituto Nacional de China para Estudios del Mar de la China Meridional, muy conocedor del tema al igual que Fu.

El clima en nuestra reunión fue amigable. Cada uno desde su lugar, Wu y Fu abiertamente discutieron la necesidad de encontrar una salida que asegurara una paz duradera y una cooperación más estrecha entre China y las Filipinas.

Pero, luego de reflexionar sobre la profunda sensibilidad de la cuestión territorial para ambas partes, la principal conclusión de nuestra reunión fue que reducir las tensiones exigiría más discusiones destinadas a impulsar la confianza. Esas discusiones, con el tiempo, tendrían que abordar una amplia gama de cuestiones.

En primer lugar, China y las Filipinas deberían llegar a un acuerdo sobre la necesidad de la preservación marina. Para evitar tensiones, se debería gestionar la pesca en el Mar Occidental de Filipinas de manera cuidadosa. De hecho, la cooperación en materia de pesca debería agregarse a la agenda bilateral, al igual que los esfuerzos conjuntos para enfrentar el narcotráfico, el contrabando y la corrupción. Los esfuerzos de beneficio mutuo para mejorar el turismo y fomentar el comercio y la inversión, y la promoción de intercambios entre grupos de expertos e instituciones académicas sobre cuestiones relevantes, también constituyen una promesa sustancial.

Estas prioridades se reflejan en las recomendaciones que le presenté a Duterte. Las Filipinas, en mi opinión, deben acelerar la designación y confirmación de un embajador en China, con el fin de continuar las conversaciones exploratorias y aprovechar las oportunidades para generar confianza y encontrar puntos en común. A medida que avancemos en ese frente, debemos llevar a cabo acuerdos sobre cuestiones relativas a la pesca, las frutas tropicales, el turismo y la infraestructura que respaldan la iniciativa marítima de la Ruta de la Seda de China en las Filipinas y sus alrededores.

Pero, en todo esto, es vital recordar que las discusiones no tienen que ver sólo con rocas y atolones; sino con la guerra y la paz. Hace apenas un año, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó una resolución -que había sido aprobada por 195 estados miembro de la ONU- que estableció un marco estratégico de amplio alcance para evitar un conflicto armado global que pudiera desencadenar en la Tercera Guerra Mundial. En nuestros encuentros con los protagonistas chinos, junto con mi equipo encontramos particularmente relevante la resolución -un recordatorio claro de las implicancias trascendentales de las tensiones actuales.

Como les dijimos a nuestros pares chinos: "Los mares deberían utilizarse para salvar y mejorar nuestras vidas, y para asegurar la futura supervivencia de la humanidad. No deberían ser lugares donde se matan pueblos y se destruyen instituciones". Afortunadamente, los chinos aceptaron y hasta reiteraron este concepto fundamental.

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En la práctica, esta creencia debería traducirse en un compromiso para evitar una confrontación violenta de cualquier tipo. Una guerra le infligiría un perjuicio grave a los intereses tanto de Filipinas como de China, que posee una riqueza y un poderío militar sustanciales, pero que necesita la paz para transformar su economía y ofrecer una vida mejor a cientos de millones de chinos que todavía viven en la pobreza. Quizá lo más importante sea que, dado el papel central de Estados Unidos en la seguridad de Asia, cualquier disputa con China se pueda escalar rápidamente. Esta dura realidad debe apuntalar todas las discusiones sobre el Mar Occidental de Filipinas en las semanas, meses y años por delante. 

Por supuesto, las conversaciones bilaterales a veces pueden resultar conflictivas. Pero existen muchos incentivos para progresar. Por cierto, nuestra proximidad geográfica hace que la búsqueda de intereses comunes entre China y las Filipinas sea una necesidad, no una opción. Restablecer el tipo de relación bilateral de beneficio mutuo y de largo plazo que teníamos en el pasado -una relación que respalde la paz y el desarrollo sustentable en nuestra región- debe ser una prioridad para ambas partes.