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El imperialismo rehabilitado

SINGAPUR – La Historia no pronuncia veredictos finales. Los cambios más importantes en los acontecimientos y en el poder aportan nuevos temas de debate y nuevas interpretaciones.

Hace cincuenta años, al acelerarse la descolonización, a nadie se le ocurría decir ni palabra a favor del imperialismo. Tanto los ex imperialistas como sus súbditos liberados lo consideraban inequívocamente malo. Se enseñaban a los escolares los horrores del colonialismo: cómo explotaba a los pueblos conquistados. Apenas se citaban beneficios del imperialismo, si es que se citaba alguno.

Después, en el decenio de 1980, apareció una historia revisionista. No fue sólo que la distancia temporal infunda cierto encanto a cualquier concepción. Occidente –principalmente su parte angloamericana– había recobrado parte de su orgullo y vigor gracias al Presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan y a la Primera Ministra de Gran Bretaña Margaret Thatcher y había cada vez mayores pruebas del fracaso, la violencia y la corrupción de los regímenes poscoloniales, en particular en África.

Pero el acontecimiento decisivo para los revisionistas fue el desplome del imperio soviético, que no sólo dejó a los Estados Unidos como mandamás del mundo, sino que, además, pareció, a las personas de mentalidad más filosófica, vindicar la civilización y los valores occidentales frente a todas las demás civilizaciones y sus valores. Al ampliarse las fronteras de la Unión Europea para abarcar muchos antiguos Estados comunistas, Occidente pasó a ser de nuevo, aunque por poco tiempo, la encarnación de la razón universal, obligado –gracias a estar equipado para ello– a propagar sus valores a las zonas del mundo aún sumidas en la ignorancia. El fin de la Historia y el último hombre de Francis Fukuyama atestiguó esa sensación de triunfo y deber histórico.