Si los peces pudieran gritar

PRINCETON – Cuando era niño, mi padre solía llevarme a caminar a lo largo de un río o a la playa. Pasábamos junto a gente que pescaba, tal vez enrollando carretes de hilos con  peces luchando en sus extremos. Una vez vi a un hombre sacar un pez pequeño de un cubo y atravesarlo, mientras todavía se meneaba de un lado para el otro, con un anzuelo vacío para usarlo como cebo.

En otra ocasión, cuando el camino nos llevó a un tranquilo curso de agua, vi a un hombre sentado que observaba su línea, al parecer en paz con el mundo, mientras los peces que había pescado se agitaban en vano a su lado, dando bocanadas en el aire. Mi padre me dijo que no entendía cómo alguien podía disfrutar de un tarde sacando peces del agua y haciéndoles sufrir una muerte lenta.

Estos recuerdos de niñez volvieron de pronto cuando leí Worse things happen at sea: the welfare of wild-caught fish ("Peores cosas ocurren en el mar: la situación de los peces capturados en mar abierto") un revelador informe aparecido el mes pasado en fishcount.org.uk. En la mayor parte del mundo se acepta que, si se ha de matar animales para fines de alimentación, debería ser sin sufrimiento. Por lo general, las normativas de los mataderos exigen que se haga que los animales queden inconscientes de manera instantánea antes de matarlos o, en el caso de las matanzas rituales, tan cerca de lo instantáneo como lo permitan los preceptos religiosos.

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