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La tentación de comparar a Obama con Kennedy

NUEVA YORK – Este mes se cumplen cincuenta años del asesinato del presidente John F. Kennedy en Dallas, Texas. Para muchos estadounidenses, esta tragedia señala el momento de la pérdida de la inocencia nacional. Pero esta creencia, claro está, es absurda: la historia de Estados Unidos, como la de todos los países, está teñida en sangre.

Sin embargo, vista desde el presente, la presidencia de Kennedy aparece como una cumbre del prestigio estadounidense. Menos de cinco meses antes de su violenta muerte, Kennedy llevaba a una inmensa multitud de alemanes reunidos en el centro de Berlín, frontera de la Guerra Fría, a un entusiasmo casi histérico, con sus famosas palabras, Ich bin ein Berliner.

Para millones de personas, los Estados Unidos de Kennedy eran sinónimo de libertad y esperanza. Igual que el país al que representaba, Kennedy y su esposa, Jacqueline, se veían jóvenes, glamorosos, ricos y llenos de energía bienintencionada. Estados Unidos era un lugar al cual aspirar, un modelo, una fuerza del bien en un mundo lleno de maldad.

Pero poco después, con los asesinatos de Kennedy, su hermano Bobby y Martin Luther King, Jr., y con la guerra de Vietnam que Kennedy inició, esa imagen se hizo añicos. Si Kennedy hubiera llegado al fin de su mandato, es casi seguro que su legado no hubiera estado a la altura de las expectativas que inspiró.