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Los pecados de los padres en el Asia oriental

NUEVA YORK – Una forma de considerar las tensiones militares en aumento sobre unas pocas islas diminutas del mar de la China oriental es la de ver en los acontecimientos recientes un caso claro de política de poder. China va en ascenso, el Japón está económicamente estancado y la península de Corea sigue dividida. Es natural que China intente reafirmar su dominio histórico sobre esa región y también lo es que el Japón sienta nerviosismo ante la perspectiva de llegar a ser como un Estado vasallo (los coreanos están más acostumbrados a ese papel respecto de China).

La de estar sometido al poder americano, como lo ha estado el Japón desde 1945, fue la consecuencia inevitable de una guerra catastrófica. Para la mayoría de los japoneses eso no es un problema, pero el sometimiento a China sería intolerable.

Y, sin embargo, como la política en el Asia oriental sigue siendo en gran medida dinástica, una explicación biográfica podría ser igualmente útil. Shinzo Abe, el Primer Ministro del Japón, es nieto de Nobusuke Kishi, en tiempos máximo burócrata industrial del Japón de la época de la guerra. Kishi, encarcelado por los americanos como criminal de guerra en 1945, fue liberado sin juicio al comienzo de la Guerra Fría y en 1957 fue elegido Primer Ministro, de tendencia conservadora.

Kishi fue un nacionalista con tendencias fascistas durante los decenios de 1930 y 1940. Después de la guerra, una aversión igualmente profunda al comunismo lo volvió un fervoroso aliado de los Estados Unidos. Richard Nixon llegó a ser amigo íntimo de él. La aspiración de toda su vida fue la de revisar la pacifista Constitución japonesa, redactada por los americanos justo después de la guerra, y convertir al Japón una vez más en una orgullosa potencia militar.