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La Guerra Fría que reconforta

NUEVA YORK – Las relaciones occidentales con Rusia pocas veces han sido peores de lo que son hoy, luego de la intervención del presidente ruso, Vladimir Putin, en Ucrania y la decisión de anexar Crimea. Sin embargo, el presidente norteamericano, Barack Obama, ha intentado asegurarle al mundo que éste no es el comienzo de una nueva Guerra Fría.

Aun así, los liberales y los conservadores de línea dura de Estados Unidos están comparando el liderazgo de Obama de manera desfavorable frente a presidentes supuestamente más duros como Dwight Eisenhower y Ronald Reagan. No importa que Eisenhower no hiciera nada para impedir que los tanques soviéticos aplastaran el levantamiento húngaro en 1956, o que Reagan no tuviera ninguna intención de respaldar a los activistas de Solidaridad cuando se levantaron contra el régimen comunista de Polonia.

En muchos sentidos, la Guerra Fría les facilitó las cosas a los presidentes norteamericanos. Había solamente dos grandes potencias -China, en verdad, recién hace poco comenzó a cobrar relevancia- y sus esferas de interés estaban claramente definidas. La ideología gobernante de la Unión Soviética era igualmente clara: una versión estalinista del comunismo.

En realidad, el estalinismo, al igual que el maoísmo en China, era profundamente conservador y estaba destinado principalmente a consolidar el poder del régimen fronteras adentro y su dominio sobre los satélites en el exterior. El enemigo ideológico era el mundo capitalista, pero los enemigos inmediatos eran los "trotskistas", los "revisionistas" y otros "elementos reaccionarios" dentro de la esfera soviética. En tiempos de crisis, el nacionalismo ruso de la vieja escuela se movilizaba al servicio de los intereses soviéticos.