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Biden y los derechos humanos

CAMBRIDGE – A lo largo de su prolongada carrera en el Senado estadounidense, Joe Biden marcó un récord en el apoyo a los derechos humanos como un objetivo de la política exterior de su país. Hoy, como presidente, su compromiso en esta área se está poniendo a prueba.

La política exterior implica concesiones y contrapartidas entre muchos asuntos, como la seguridad, los intereses económicos y otros valores. Pero cuando se trata de derechos humanos, las concesiones suelen dar origen a acusaciones de hipocresía y cinismo.

Piénsese en el asesinato en 2018 del periodista disidente saudí Jamal Khashoggi en el consulado de Arabia Saudita en Estambul. El ex presidente Donald Trump recibió críticas por pasar por alto claras evidencias de que un brutal crimen se había cometido, en función del mantenimiento de las buenas relaciones con el Príncipe de la Corona saudí Mohammed bin Salman, mejor conocido como MBS.

Los liberales criticaron la tibia reacción de Trump al asesinato de Khashoggi, tildándola de despiadadamente transaccional e irresponsable antes los hechos. Incluso el periódico conservador Wall Street Journal publicó una editorial expresando que “estamos conscientes de que ningún Presidente, ni siquiera pragmáticos implacables como Richard Nixon o Lyndon Johnson, habría escrito una declaración pública como esta, sin siquiera una nota de gracia sobre los valores y principios que guían a los Estados Unidos”.

Trump tenía como máximas prioridades el acceso al petróleo, las ventas de equipos militares y la estabilidad regional, pero hizo caso omiso a que también un interés nacional importante es sostener valores y principios atractivos para los demás. La defensa de los derechos humanos le dice al mundo quiénes son los estadounidenses y aumenta nuestro poder blando, es decir, la capacidad de obtener lo que se desea mediante la atracción en lugar de la coerción o el dinero.

Para combinar estos tres tipos de intereses en asuntos exteriores hay que estar dispuestos a llegar a acuerdos, lo que da pie a que surjan críticas una vez estos se logren. En la campaña de 2020, Biden criticó a Trump por hacer oídos sordos al papel de MBS en el asesinato de Khashoggi. Tras asumir el cargo, autorizó al Director de Inteligencia Nacional a hacer público un informe desclasificado que culpaba a MBS, prohibía el ingreso a Estados Unidos a 76 ciudadanos saudíes y limitaba el uso de armas estadounidenses en la guerra saudí en Yemen.

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Pero los críticos liberales argumentaron que Biden debería haber ido más allá y anunciado que Estados Unidos ya no trataría con MBS, con lo que presionaría al Rey Salman a nombrar otro príncipe de la corona. Muchos expertos sobre el Reino plantean que este tipo de cambio de régimen está más allá de las capacidades estadounidenses. A diferencia de Trump, Biden invocó los valores estadounidenses, pero sembró preguntas sobre si logró el equilibrio adecuado.

Problemas similares han surgido sobre su política hacia China. Biden declaró que el Presidente chino Xi Jinping no tiene “ni un solo hueso democrático en su cuerpo”, y cuando el Secretario de Estado Antony Blinken y la Asesora de Seguridad Nacional Jake Sullivan se reunieron con sus contrapartes chinas en Anchorage, criticaron las violaciones de China a los derechos humanos en Xinjiang y la represión de la democracia y sus defensores en Hong Kong. Con respecto a Rusia, Biden aceptó respaldar la afirmación de que el Presidente Vladimir Putin era “un asesino”.

Y, sin embargo, cuando llegó el momento de invitar líderes a la cumbre climática estadounidense, Xi y Putin estaban en la lista (aunque la invitación a los saudíes se dirigió al Rey Salman, no a su hijo). ¿Se trató de hipocresía, o más bien una evaluación realista de que el cambio climático es una amenaza tan grave que no se puede abordar sin la cooperación de los gobiernos de esos países?

Por ejemplo, China es hoy el mayor emisor de gases con efecto invernadero, y Arabia Saudita se encuentra encima de la mayor acumulación de hidrocarburos. Si no están en la mesa, no se puede solucionar el problema climático. Tendremos que aprender la importancia de ejercer el poder con otros, así como sobre otros, si queremos desarrollar vínculos de interdependencia ecológica, lo que significa colaborar con China en problemas climáticos y de la pandemia, incluso si criticamos su historial de derechos humanos.

¿Cómo, entonces, podemos decidir si nuestros gobernantes toman “las mejores decisiones morales” en estas circunstancias? Como argumento en mi libro ¿Importa la moral? Presidentes y política exterior desde FDR hasta Trump,podemos comenzar por asegurarnos de que los juzgamos en términos de una “ética tridimensional” que considera intenciones, medios y consecuencias y recurriendo a las tres escuelas de pensamiento político de asuntos exteriores: realismo, liberalismo y cosmopolitismo, en ese orden.

No deberíamos enmarcar los derechos humanos como un enfrentamiento de valores con los intereses nacionales de EE.UU., porque los valores son parte de nuestro interés nacional. Debemos comenzar con el realismo, pero no detenernos allí. Dentro del mundo de lo posible debemos afirmar nuestros valores de maneras que sea más probable que marquen una diferencia. Al mismo tiempo, si no se empieza con realismo, pronto volveremos a descubrir que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones.

Los objetivos que los presidentes estadounidenses se han propuesto lograr a lo largo del tiempo no reflejan la búsqueda de justicia a un nivel internacional similar al que se aspira dentro del país. En la Carta del Atlántico de 1941 (uno de los documentos en que se basó el orden internacional liberal), el Presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt y el Primer Ministro británico Winston Churchill declararon su devoción por la liberación de la miseria y el temor. Pero Roosevelt no reprodujo su Nuevo Trato al nivel internacional. Incluso el renombrado filósofo liberal John Rawls creía que las condiciones para su teoría de la justician se aplicaban solo a la sociedad nacional.

Al mismo tiempo, Rawls arguyó que las sociedades liberales tienen deberes que van más allá de sus fronteras, como la ayuda mutua y el respeto por las instituciones que garantizan los derechos humanos básicos, al tiempo que hacen posible que los pueblos de un mundo diverso decidan sus propios asuntos tanto como sea posible. En consecuencia, deberíamos preguntar si los objetivos de un gobernante incluyen una visión que exprese valores ampliamente atractivos tanto en su país como en el extranjero, pero que los equilibre con prudencia y valore sus riesgos para que haya perspectivas razonables de que tengan éxito.

Por ello, debemos juzgar a un líder sobre la base no solo de su personalidad e intenciones, sino sobre la inteligencia contextual cuando se trate de promover valores. Hasta ahora, Biden aprueba ese examen.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

https://prosyn.org/kRs795Ues