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El arma demográfica secreta de Japón

NUEVA YORK – Al mismo tiempo que en Tokio se celebran las reuniones del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, los líderes japoneses deben hacer frente a un desastre demográfico en ciernes. Hace poco, el Instituto Nacional de Investigaciones sobre Población y Seguridad Social de Japón estimó que de aquí a 2060, el país habrá perdido alrededor de un tercio de la población con que contaba en 2010 (128 millones), y solo la mitad de esta población reducida estará entre los 15 y los 65 años de edad, la franja etaria más productiva de cualquier economía.

Cifras como estas suelen ser producto de guerras y epidemias, e implican tanto una caída drástica de la cantidad de personas jóvenes capaces de mantener a sus mayores como un gran aumento de la carga de la deuda para un país que ya soporta una de las más pesadas del mundo.

Para resolver este problema, los líderes políticos de Japón tienen tres opciones: encontrar algún modo de aumentar drásticamente la tasa de natalidad del país; abrir una sociedad tradicionalmente aislada al ingreso de una oleada de inmigrantes; o decidirse a revelar el arma secreta del país: la energía, el talento y la inventiva de las mujeres japonesas.

Abrir el país al ingreso masivo de inmigrantes no estaría mal, pero Japón no va a convertirse de un día para el otro en un crisol de razas a la manera de los Estados Unidos, y esta solución por sí sola no bastaría para resolver un problema demográfico de la magnitud del que enfrenta el país. En Japón, los extranjeros conforman menos del 2% de la población, y un informe de las Naciones Unidas de 2001 determinó que para mantener constante el porcentaje de población en edad de trabajar, Japón debería recibir un promedio de 609.000 inmigrantes por año hasta 2050.