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Cómo atacar a Iraq

En el debate actual sobre la política hacia Iraq, se presentan dos alternativas extremas: ampliar la campaña en contra del terrorismo a ese país o mantener el incierto status quo que existe en la actualidad. Las discusiones sobre la actualización de las sanciones de la ONU constituyen otra versión de la segunda alternativa, es decir, de no hacer nada. Ninguna de las dos alternativas resulta agradable.

No obstante, preparar una guerra terrestre contra Iraq (para terminar lo que se quedó a medias en la Guerra del Golfo de 1991) es una estrategia de alto riesgo. Los países árabes, que ya son aliados dudosos en la guerra contra sus correligionarios musulmanes en Afganistán, serán todavía menos confiables en una guerra en contra de otros árabes. Los europeos, ya no digamos los rusos, pueden tener objeciones. El panorama militar no se presenta favorecedor.

Sin embargo, permitir que el status quo actual se mantenga es igual de problemático. Significa que el pueblo iraquí seguirá sufriendo, tanto por la crueldad de Sadam, como por las consecuencias de las sanciones provocadas por su permanencia en el gobierno. Por otra parte, se seguiría enviando un mensaje equivocado a los terroristas potenciales: pueden asesinar con impunidad. La percepción de la debilidad de los EU después de los bombazos en las embajadas en Africa oriental y del ataque al destructor USS Cole, sin duda contribuyó a la audacia de los ataques del 11 de septiembre.

No obstante, hay otras opciones, que combinadas, podrían contribuir a la caída de Sadam sin necesidad de emprender acciones militares abiertas.