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¿Cómo hacer que la integración europea sea popular?

Por toda la Unión Europea, los temores a la globalización y la aversión hacia la integración y la inmigración han tenido enormes consecuencias políticas, incluyendo los referendos fallidos en Holanda y Francia sobre el proyecto de tratado constitucional y la moratoria de facto en las negociaciones de adhesión de Turquía. El Consejo y la Comisión Europeos observan con impotencia, como si el asunto no estuviera en sus manos.

Se considera generalmente que la incapacidad de la UE para afrontar los retos de la integración se debe a la rigidez de las estructuras económicas y a un capital humano que no es el adecuado –debilidades que sólo se pueden abordar efectivamente con políticas nacionales, en las que la UE tiene poca participación. Pero la adopción de una cantidad sustancial de políticas en toda la UE justifica el fortalecimiento de la coordinación en el caso de las reformas del mercado laboral y de la seguridad social.

Las normas anticuadas del mercado laboral son la causa principal por la que no se han materializado todas las ventajas del mercado interno y la unión monetaria. La rigidez del mercado laboral -sobre todo en Francia, Alemania e Italia- impide que haya un ajuste ante la competencia cada vez mayor de los mercados en proceso de integración. Quienes pierden su empleo no pueden encontrar otro debido a las barreras de entrada, mientras que la alta tasa de desempleo de largo plazo hace que quienes sí tienen empleo se sientan amenazados. Al ver con inquietud a los inmigrantes y a la integración del mercado interno, ambos grupos están cada vez más en contra de Europa.

Si Francia o Italia no pueden llevar a cabo las reformas, a la larga pueden verse tentados a no cumplir con la libre circulación de bienes, servicios y mano de obra –e incluso tal vez abandonen el euro- con consecuencias perturbadoras para todos los miembros. Por ello, hay un interés común en fomentar políticas nacionales que sean compatibles con la integración en el mercado interno.